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CONFERENCIA DE DOÑA PALOMA GÓMEZ BORRERO EN REQUENA,
DENTRO DE LOS ENCUENTROS CULTURALES DE CAJA CAMPO
Los últimos viajes del Papa han sido a Tierra Santa, que hoy, como en ningún otro lugar del mundo sabe lo que es el odio, tanto que otra vez, en Belén, la Noche Buena va a ser la noche mala. No va a poderse ni siquiera entrar en la Natividad para oír la misa de Media Noche. Yo, como periodista tuve que cubrir la muerte de Pablo VI, y el cónclave a Juan Pablo II. Y treinta y tres días después, cuando los cardenales se reunieron para elegir al nuevo Papa, los periodistas pensábamos quién sería el nuevo Papa, si sería otra vez italiano, o si se rompería esa tradición después de 500 años. No pensamos jamás que iba a ser elegido un Papa de un país del Este de Europa, de un pueblo que no tiene voz pero que va a levantarla gracias a él.
El cónclave es muy emocionante. La cúpula está a oscuras. Los cardenales encerrados en la Sixtina, en cónclave, con el único canal de comunicación con el resto del mundo, de esa pequeña chimenea que sale por el tejado de la capilla Sixtina y que nos dice fumata negra no hay Papa
, fumata blanca ya tenemos Papa.
Nos dimos cuenta enseguida en la Plaza de San Pedro, tras la fumata blanca que este nuevo Papa iba a romper moldes, que iba a ir por el mundo, que se le quedaría chica la Plaza de San Pedro, y que recorrería los aeropuertos de África, de América, de todos los continentes, los rascacielos de Nueva York.
Uno de los primeros viajes es a Irlanda, donde hay un terrorismo del IRA terrible, quiere reunirse con los jóvenes tanto en Irlanda del Norte como en Irlanda del Sur. No le dejan ir a Irlanda del Norte, queda en la frontera, y se dirige a los irlandeses pidiéndoles la paz, que rechacen la violencia y busquen la paz y pide a los jóvenes que sean ellos los mensajeros de la paz, y para pedir la paz viaja a uno de los lugares que ha conocido como ningún otro lo que es la guerra, a Hiroshima, Japón.
En Japón, los católicos son poquísimos, el Emperador es el descendiente directo de los dioses. El Papa no va como jefe de Estado, sino como Obispo de Roma, y no le va a esperar al aeropuerto más que un ministro. El emperador quiere verle, pero los sintoístas no se lo aconsejan, porque no es el catolicismo una religión muy arraigada en Japón. En Tokio hay tantos católicos como taxis: 20.000 católicos y 20.000 taxis, por hacer una comparación. Son tan pocos que no les dan importancia, pero el emperador quiere ver a Juan Pablo II para darle las gracias por la gran labor realizada en Japón por parte de las congregaciones, sobre todo los Jesuitas, por su gran labor cuando cayeron las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. El Papa está con el emperador. Toda la entrada del palacio imperial estaba con policías a un lado y otro, todos en fila, muy bien vestidos con el uniforme
, perfectos. Todos llevaban una raqueta en la mano
, algunos llevaban dos raquetas, una en cada mano, y yo pregunté, que tal vez sería costumbre que mientras van a ver al emperador, juegan al tenis de mesa mientras pasa en invitado, y la interprete me contestó que en Japón se protesta de forma muy callada, silenciosa, pero se lanzan huevos, tomates, y otras hortalizas, y tienen un equipo especial de policías especializados en parar las protestas, que devuelven las hortalizas a raquetazos. Algunos son tan buenos que paran con las dos manos. Realmente con la visita de Juan Pablo II no tiraron absolutamente nada y fue un encuentro muy bonito, muy cordial y mucho más largo de lo previsto por el protocolo.
Al día siguiente el Papa deja la parte oficial y llega a Hiroshima. Cuando cayó la bomba atómica no habían avisado y muchos niños caminaban hacia la escuela cruzando un parque, que muchos japoneses que no quieren la guerra lo llaman el parque de la paz. Allí hay un edificio de hierros retorcidos que recuerda lo que fue aquel espanto en el que murieron 260.000 personas, con unas quemaduras y unas radiaciones cancerígenas que todavía hoy día provocan muertes. Allí en ese lugar es donde los japoneses han puesto una gran piedra en la que hay escrito: descansad en paz porque no volverá a ocurrir nunca allí es donde el Papa se reunió con todos para pedir la paz. Y es una de las oraciones por la paz más hermosas que jamás se escuchó en Japón, tanto que la noticia de la llegada de Juan Pablo II se había dado en la página 25 de algunos periódicos en una pequeña columna, y cuando termina el encuentro de Hiroshima y la oración por la paz, sale el Papa dejando Japón en primera plana de los periódicos, con la televisión que repitió tres veces el discurso, que comenzó hablando en japonés, el Papa, que siguió hablando en catorce idiomas distintos cada parte del discurso, y terminó en japonés, pero lo habíamos escuchado en ruso y en chino. Fue un discurso precioso, y todavía suena aquello de que no se vuelva a repetir la guerra, que la humanidad no sufra el precio de una lucha entre sistemas de poder. El Papa concluyó con una plegaria preciosa: Señor Dios escucha mi voz, es la voz de todas las víctimas de las guerras y la violencia, es la voz de los niños inocentes que sufrieron y sufren. Mi voz habla en nombre de todas las multitudes que quieren la paz, ayúdanos a responder con amor al odio, a la injusticia con un total labor a la justicia, a la guerra con la paz.
Y pedirá la paz no solamente para este Japón, sino para el Reino Unido y Argentina, que en aquellos momentos estaban en guerra, y fue triste que después de hacer 25 horas de vuelo, primero a Gran Bretaña y después a Argentina, para implorar la paz, para que no siguiera adelante la guerra de las Malvinas, y estaba el Papa en el precioso parque de Palermo, en Buenos Aires, estaba el Papa dirigiéndose a los jóvenes argentinos, llevándoles el mensaje de los jóvenes británicos, que les pedían que formasen con ellos una cadena, la cadena de los jóvenes que piden la paz, una cadena difícil de romper, que luchéis por la paz.
En ese momento se interrumpió la misa, porque se llevaba a cabo la más cruel de las batallas en la guerra de las Malvinas. Cuando volvimos en el avión camino de Europa, camino de Roma, le preguntamos al Papa ¿no ha sido como ir a predicar en el desierto, ir a pedir la paz y encontrarnos que nadie ha hecho caso, ni el gobierno de Gran Bretaña ni el de Argentina, que siguen la guerra?. Entonces el Papa nos contestó: para que en el mundo no haya un desierto hace falta una voz, esa voz para pedir la paz, para defender al hombre será siempre la mía, aunque no sea más que la mía.
Y el Papa levantó la voz también en África muchas veces, para pedir que la gente se de cuenta que esta continente olvidado, al que las grandes potencias no hacen caso, en él se está muriendo la gente de hambre, de sed, y fue a uno de los lugares donde el desierto avanza en el Alto Volta y allí no sabíamos porqué de nuestra visita, allí en medio del desierto, y allí, el Papa, que sabe que se están muriendo de sed, quizá una muerte peor que la de hambre, por eso hizo ese viaje, dijo me hago portavoz de los que se mueren de sed porque les falta el agua, no esperemos a que arremeta devastadora la sequía, no esperamos a que la arena traiga la muerte, que la voz de la caridad prevalezca sobre la del egoísmo individual.
Yo creo que hoy es un día precioso para hablar de esa mujer extraordinaria que es Madre Teresa de Calcuta, esa mujer que mañana el Papa firmará el decreto del milagro, camino para que seguramente en primavera sea proclamada Santa Madre Teresa de Calcuta. Madre Teresa de Calcuta en esta ciudad del infierno, en una ciudad donde existe el hombre caballo, mucho más barato que el taxi. Yo no pude sentarme en ese cochecito tirado por un hombre que hacía de caballo. Me daba horror. Me decían: coge al hombre caballo como taxi, porque por lo menos ese día gana algo de dinero, pero no pude. Calcuta es una ciudad donde los taxistas tratan de cortar el camino a esos hombres caballo, porque son más baratos. Esas calles donde están muriéndose las gentes, y de vez en cuando pasa un coche que recoge cadáveres para quemarlos en pilas. Los moribundos los depositan en los hospitales, donde se mueren solos. Ahí es donde nace esa epopeya maravillosa de caridad de Madre Teresa, quien empieza a estar con ellos, en las calles, les tiene la mano cogida y les habla de amor, cuando sabe que van a morir, pero son tantos que pide que le den un lugar para recogerles y estar con ellos, y acude al gobierno de la ciudad de Calcuta, que son departamentos independientes de la India, va a ver al gobernador de Calcuta y le pide que le dé un lugar. Madre Teresa era una simple monja católica y europea, y no se lo dan e insiste e insiste. Alguien le aconseja que vaya a ver al gran sacerdote de la diosa Cali, la diosa de la muerte en la India, que tiene un edificio enorme y le pide que le deja un par de habitaciones. Y va a pedírselo al gran sacerdote de la diosa Cali, y le contesta que no y menos que a nadie se lo daría a una monja católica.
Pero esas cosas que suceden en la vida, el gran sacerdote se pone muy enfermo y algo que no saben lo que es, parece que es contagioso, se queda solo, abandonado, porque nadie se atreve a estar con él y a curarle. Madre Teresa, acude con sus hijas y de día y de noche está haciendo guardia, le cuida y el gran sacerdote se cura, y le da dos grandes habitaciones a Madre Teresa. Por eso la casa de los moribundos de Calcuta está unida a la diosa de la muerte de las divinidades hindúes. Cuando llega el Papa a Calcuta porque va a ser la voz de los pobres del mundo, no quiere entrar por la puerta del rico en Calcuta, quiere entrar por la puerta del hambre, donde está este lugar. Y llega allí a la casa de los moribundos, donde está Madre Teresa esperándole, y fue precioso porque estaban también los sacerdotes de la diosa Cali, con sus túnicas amarillas, y el gran sacerdote, que se acerca al Papa y le pone esa corona de bienvenida, esa corona de flores, con la que dan la bienvenida los hindúes, diciéndole, Santidad le doy la bienvenida a nuestra casa, porque la persona que Madre Teresa más quiere en el mundo es usted y lo que quiere Madre Teresa es muy querido por nosotros y respetado, y por eso le colocó la corona de flores. El Papa le respondió que con su permiso le iba a colocar esa corona a Madre Teresa para dársela a una mujer como no existe otra en el mundo.
LOS DERECHOS HUMANOS
Pero no solamente es la paz la constante en este pontificado de Juan Pablo II, también los derechos humanos están muy presentes, esos derechos humanos que se pisotean en tantos lugares, y quizás para nosotros está más cercano lo que es América Latina.
Les diré que en Bolivia, hay niños que pisan las hojas de coca, que las tratan con ácidos para que sequen antes y hacer la pasta de coca, estos niños que pasan horas y horas pisando estas hojas con ácido, lo cual hacen que tengan los pies llagados, el cansancio es extremo y para que no se cansen, drogan a esos críos de siete y ocho años, y cuando tienen quince años son piltrafas humanas. En Bolivia donde la riqueza eran las minas de estaño, y ahora ya no hay nada, con las minas cerradas, como dijo un minero enseñándole al Papa una olla vacía: no tenemos nada que meter en la olla, Santidad, muchos días no hay nada para dar de comer a nuestros hijos.
Acude también el Papa a Colombia, donde estamos viendo día a día el terrorismo, la guerrilla, y en Epopayán, donde los narcotraficantes tienen gran poder, obligando a los agricultores a cultivar coca, y en donde muchos sacerdotes han muerto, han sido secuestrados, por defender los derechos de los indígenas, de los campesinos, y van a tener un encuentro con el Papa y se lo dicen a uno de estos campesinos, llamado Guillermo Tenorio, que parece el más valiente del pueblo y le dicen Guillermo tu vas a darle la bienvenida a Juan Pablo II, vas a tener el valor de denunciar lo que hacen con nosotros, de decir lo que pasa con nosotros, y Guillermo dice que sí. Le han dado un discurso oficial que tiene que leer y se pone a leerlo, y de repente lo deja y comienza ha hablar y le dice lo que hacen con ellos, habla de los sacerdotes que han muerto y alguien le grita que se calle o pagará él y sus hijos, y Guillermo tiene miedo y vuelve otra vez al discurso que tenía preparado y cuando termina, le toca al Papa hablar, y nos quedamos todos sorprendidos cuando dice: estoy muy contento de estar con vosotros, de haber escuchado la bienvenida que en nombre vuestro me ha dado Guillermo Tenorio, pero quiero antes de hablar que vuelva aquí Tenorio y me diga lo que no le habéis dejado decir. Guillermo Tenorio subió y conversó con el Papa. De Guillermo Tenorio no sabemos qué ha sido de él.
Como tampoco lo sabemos lo que ha pasado con aquel indígena de Brasil, Sousa, cuando denunció lo que sucede con ellos en el Amazonas y en el segundo viaje del Papa estaba la hija de Sousa y le dijo al Papa: Gracias porque nos defendió y hemos conseguido muchas cosas, pero mi padre no le puede dar las gracias porque a mi padre le mataron pocos días después.
Y tampoco podemos dejar la propia Europa, donde también hemos tenido los vientos de guerra, cercanos, como en Bosnia, Sarajevo.
El Papa quería ir a Sarajevo a pedir la paz en los Balcanes, ha pedir la paz y a decir dos cosas, que parecen simples, pero que cuestan mucho trabajo: el valor de pedir perdón y la audacia de saber perdonar. Hay tanto odio metido en esos Balcanes, inexplicable, porque incluso gentes, familias que se han llevado bien toda la vida, sobre todo en Sarajevo, una de las ciudades de reconciliación, de convivencia, pacífica y bellísima, destruida por la guerra.
Cuando llegamos, el Papa quiso ir a Sarajevo varias veces, no se lo permitieron todas las veces, incluso desafiando al decir, pues no me importa si en el avión disparan, además nos habían dicho a los periodistas de no ir en el avión del Papa porque podrían dispararle un misil, al final a quien no dejaron fue al Papa no porque él tuviera miedo de ir, sino porque habían amenazado en poner una bomba en el lugar donde el Papa iba a hacer misa, antes de empezar, de manera que hubiera habido muchas muertes y para evitarlas el Papa dejó de ir a Sarajevo, hasta que por fin pudo, porque insistió mucho.
Sarajevo estaba destruida. Hoy creo que han reconstruido parte de las casas, de las escaleras, allí habían pintado de rojo el lugar donde había caído una bomba y había matado a alguien. No querían olvidar. Allí estaba el cementerio de Romeo y Julieta, de Sarajevo, allí enfrente fue donde dijo el Papa la misa.
El cementerio que llaman de Romeo y Julieta es un poco lo que era el símbolo de esta ciudad. Era una chica ortodoxa enamorada de un musulmán. Quieren casarse, quieren ser felices, y lo que antes había sido normal, se llevaban bien las familias, ahora era tal el odio que no les dejan ni siquiera mirarse a los ojos, y deciden huir de Sarajevo, de tanta violencia. Pero algunos de los amigos de ellos, cuando están a punto de salir, los amigos de él le disparan a ella y los amigos de ella le disparan a él y cayeron muertos en las puertas de Sarajevo. Allí están enterrados, juntos, en ese cementerio que han llamado de Romero y Julieta. El asedio de Sarajevo se prolongó tres meses, luchando las mujeres y los ancianos, y para sobrevivir recogían hierba, y se iba a las fuentes a coger un cubo de agua, con mucho peligro para sus vidas. A esos cubos de agua les llaman kandiski. Fue increíble, cuando entrando en ese estadio para la misa me dice la intérprete: sabes esa señora que llevamos delante -con tres niños y un cochecito- el niño pequeño, el del cochecito se llama Kandiski. Yo le insistí para que le preguntara a la madre el porqué de ponerle cubo de agua a su hijito, y la madre nos contó la historia: La mujer todos los días con muchas dificultades subía uno o dos cubos de agua a sus hijos, agua que les servía para todo, para beber, para lavarse. Los hombres estaban en los alrededores, luchando y acudían a casa a beber. La mujer se da cuenta que estaba esperando otro hijo y no se encontraba ni con valor ni con fuerzas para tenerlo, y va al hospital de Sarajevo para abortar y le dicen en el hospital que claro que sí, pero que no tienen agua, y que si quiere abortar debe traer dos kandiski. Ella piensa que si el cubo de agua sirve para salvar a sus hijos todos los días, el cubo de agua no puede servir para matar al niño que espera. No volvió al hospital, nació ese niño y en este viaje el Papa quiso llevárselo y quiso ponerle de nombre Kandiski.
Quiero nombrarles otros viajes, sobre todo los de Tierra Santa, pero también el de Afganistán. Nos dicen que no se vaya a ese país pero el Papa quiere hablar con los musulmanes, sabe que hay un momento difícil de diálogo entre el mundo musulmán y el mundo cristiano, tiene que tender la mano al mundo moderado musulmán y además tiene que pedir la paz y va allí a Kazajstán, donde la Unión Soviética hacía los grandes experimentos atómicos, donde prácticamente medio país está abandonado porque eran campos de exterminio soviético, y vive muy poca gente en esta inmensa explanada que es aquel país.
Los musulmanes acogen al Papa yendo el gran muftí de Kazajstán a esperarle al aeropuerto, son poquísimos los cristianos católicos que hay en ese país, pero va en son de paz y va a mil kilómetros de la frontera con Afganistán, donde está el terrorismo de Osama Bin Laden, pero no importa, él va a pedir diálogo y quiere evitar esa guerra, aunque no la evitará, él va a pedirlo, y el gran muftí se lo agradece y en la misa que dirá pide a todos los musulmanes que acompañen al Papa. Fue una misa en la que asistieron muchísimos más musulmanes que católicos y la escucharon con un respeto sorprendente. Yo le pregunté a un musulmán que cómo era que estaban allí y él me respondió que porque Alá nos dice que respetemos al hombre santo, al hombre bueno y al hombre de paz, y para nosotros el hombre que viene a traer la paz es siempre bienvenido y por eso estamos aquí.
El Papa va a Tierra Santa habiendo visitado antes el Monte Sinaí, quiere ir para el diálogo con los ortodoxos. Allí está el monasterio de Santa Catalina, allí están los ortodoxos griegos, los que están más enfrentados a Roma. Tanto es así que cuando el Papa dice que quiere ir al monasterio de Santa Catalina, a los pies del Monte Sinaí, un monasterio del siglo VI, precioso, muy extraño, en medio de la roca, junto al desierto lleno de matas y donde se conserva en la iglesia la famosa zarza donde habla al Señor en la Biblia, allí se conserva, la han cortado muchas veces y vuelve a rebrotar siempre.
El Papa tenía muchísima ilusión de entrar en la capilla, poder ver la zarza, poder estar a los pies del Monte Sinaí, pero el abad ortodoxo de Santa Catalina no quería ni ver al Papa, con muchas dificultades diplomáticas al final se consigue que le dejen llegar al patio, pero en ningún momento dejarle entrar en la iglesia y entrar en el monasterio, donde había unos dieciséis monjes greco-ortodoxos, vestidos de negro, con sus barbas, era todo un espectáculo verles.
Empieza a hablar el Papa con el abad, fuera del recinto, pero hubo diálogo, hubo dos personas que creían en Dios y buscaban la paz para sus pueblos, y al final vamos al patio donde se reúnen con los cien católicos que había, donde se divisaba el monte Sinaí, el de las Tablas de la Ley, y fue curioso cuando al terminar el abad con los sacerdotes, vuelven trayendo regalos al Papa, y le invitan a entrar en el monasterio. Entraron el abad y Juan Pablo II y le mostraron la extraordinaria biblioteca que tienen de incunables de los siglos VII, VIII
, unas maravillas
, y le dijo: le invito a rezar juntos, a los pies del sepulcro de Santa Catalina, y también junto a la zarza. Entraron los dos, sin una sola foto, porque no lo permitían, pues solo dejaron entrar al Papa, y eso significaba una conquista porque no nos lo podíamos ni imaginar que sucediese, la conquista del diálogo, había vencido el diálogo, que es lo que realmente debe vencer en el mundo.
Vamos a Jordania y de allí a Jerusalén. Estuvimos en Belén, esa pequeña ciudad medio destruida. Entramos en la cueva, en la Capilla de la Natividad, fue muy emocionante, y también el momento después en Jerusalén cuando el Papa quiso rendir un homenaje al pueblo israelí, primero yendo al mausoleo que recuerda al holocausto judío y también al muro de las lamentaciones, donde dejan ellos sus papelitos de peticiones, de perdones entre las ranuras de esas piedras que recuerdan el templo de Salomón, allí depositó el Papa su pedir perdón a los judíos por lo que podían haberles hecho a lo largo de los siglos. Pero el santuario era el homenaje al hombre que muere por una ideología loca, que muere de mano de otro hombre de la manera más cruel, rompiéndole su dignidad, su forma de vivir, de la crueldad más espantosa que son los campos de exterminio. Es un lugar muy tétrico, que recuerda muerte, donde se oyen en una de las salas constantemente el nombre de los niños que han muerto en los muchísimos campos de exterminio, y hay una llama ardiendo siempre en el centro de una de las salas. Allí fue a pedir de nuevo que no vuelva a ocurrir nunca más el horror del pasado, y sobre todo que exista la determinación de cerrar heridas del pasado para que no se repita más, trabajar juntos para una época de reconciliación y paz entre hebreos y cristianos. Mi visita es una promesa que hace la iglesia católica, que queremos hacer todo lo posible para asegurarlo que no es un sueño, sino una realidad la posibilidad de que en Tierra Santa vuelva a brillar la paz, pero tenemos que construirla nosotros.
Y allí nos ocurrió una anécdota muy bonita, en la ciudad del mausoleo, en Jad Bassat, había una señora judía polaca, se acercaba al Papa y le dio las gracias en polaco. Ella era hebrea de Cracovia y con su familia deportada a un campo de concentración, habían muerto todos menos ella que era un esqueleto, y ya sin fuerzas de vivir la liberan tras la conquista, y ella no quiere seguir viviendo y le dicen que tiene que seguir viviendo, que es la única que queda en la familia, y hablan y él lleva una manzana y se la da para que la coma y le pregunta cómo se llama y la niña le dice el número, y esta persona le pregunta el nombre nuevamente y ella responde Edit, y la persona le dice que le va a llevar a la estación porque su familia fallecida se lo pide, la memoria de su familia fallecida se lo pide, y la metió en un vagón del tren. La niña terminó en Israel. Y la niña antes de subir le preguntó al hombre cómo se llamaba y él le respondió: me llamo Karol, Karol Wojtyla. Era el futuro Papa Juan Pablo II. Ya de mayor, con cincuenta y pico años de edad la mujer se entera de que aquel chico, Karol, que la animó a seguir viviendo, viene a Jerusalén, y habla con las autoridades pidiéndoles que le dejen acercarse a él para agradecerle que la animara a seguir viviendo cuando niña. Y aquella era esa Edit que en el santuario se acercó al Papa.
Y quiero terminar con una anécdota muy mía, de España. Habíamos viajado a muchos sitios y yo le preguntaba cuándo iba a venir a España, los compañeros me dijeron que por no oírme y por lo pesada que me ponía no tardaría en viajar a España, y mi sorpresa es cuando se anuncia ese primer viaje a España, que estuvo aquí en Valencia, a los pies de la Virgen de los Desamparados, vio la huerta, estuvo en los damnificados de Alzira, un viaje inolvidable para todos, porque empezó en Madrid, terminó en Barcelona, pasando por Extremadura, Valencia, y yo sabía que en ese viaje sería difícil que viniese a visitarnos al avión, porque el vuelo era muy corto desde Roma. El día antes yo recibo una carta desde Salamanca, lo remite una chica que yo no conocía de nada, y además certificada y urgente. La abro y leo que mi hermano Víctor que estudiaba el último año de Medicina en la Universidad de Salamanca, ha muerto, él sabía que tenía poco tiempo de vida y ha escrito una carta a mi madre, que acabamos de encontrar y queríamos hacer lo que nos pide, pero sabemos que es difícil porque minuto a minuto el Papa va a estar ocupado y no va a poder hacerlo, así que ayúdanos tú de alguna forma para hacer posible lo que nos pide Víctor. Y me mandaba una fotocopia de la carta que Víctor escribió a su madre, carta de un chico que sabe que va a morir y le decía cosas muy bonitas y le decía que: lo que sí te pido, madre, es que la capa de tuno, esa capa que nunca ensucié se la des al Papa cuando venga a España, porque cuando él venga yo ya no estaré. Y la familia quería hacer esa entrega, pero lo veían difícil, tal vez pensaban dármela a mí, la capa para que la llevara al Vaticano; yo cogí la capa y aunque pensé que el Papa no vendría a vernos en el avión, yo de alguna forma se la hago llegar. No imaginé jamás que iba a tener la sorpresa y la alegría, el regalo de que el Papa, como le había pedido tantas veces que viniera a España, había dicho: cuándo entremos en España llamarla que la quiero saludar. Llevábamos una hora de vuelo, cuando entra el jefe de seguridad y me dice: Paloma, el Santo Padre quiere verte, pasa al sector suyo que quiere hablar contigo. Nos quedamos todos sorprendidos porque no había ocurrido nunca. Yo entro al sector suyo, veo que estaba leyendo el breviario, me quedo al lado de secretario, y de repente veo aparecer a ambos lados del avión dos reactores del ejército del aire español, que nos escoltaron hasta Madrid. Se acerca el comandante de Alitalia y le dice al Papa: Santidad, de parte de la torre de control de Baleares y Cataluña, hemos entrado en el espacio aéreo de España y me lo comunican para que se lo haga saber, que todas las campanas y todas las sirenas de los barcos de las islas están sonando, porque España le da la bienvenida. Entonces el Papa me hace una seña para que me acerque, yo le digo que estoy muy contenta de que haya venido a España y el me responde que yo si que estoy contento, porque sabes que el Papa quiere mucho a España y yo le dije lo primero que se me ocurrió: ya vera qué pueblo, mi pueblo
. Y el me respondió: un gran pueblo. Entonces yo cogí la carta de Víctor que llevaba en el bolsillo y le pedí al Papa que no bajara del avión, por favor, sin leerla, y le dejé la carta de Víctor.
Ya no supe nada más de la carta, bajé del avión, me fui con Televisión Española a transmitir minuto a minuto la visita, y cuál fue la sorpresa cuando de repente en Alba de Tormes, después de Ávila, vemos a una señora vestida de negro, con mantilla y en sus manos portaba una capa de tuno y dije: es la madre de Víctor. Y no solamente es que le entregó personalmente al Papa la capa de su hijo, sino que también estaba la tuna de Medicina de Salamanca. Luego lo supe, porque me llamó la madre para darme las gracias y decirme: ha sido extraordinario, estando en casa me han llamado de parte del Papa, que quería que fuera yo quien le entregara la capa de Víctor en persona y que acudiese la tuna de Medicina, en la que tocaba mi hijo, y que la tuna tocase mientras yo entregaba la capa aquella pieza musical que más gustaba a mi hijo. Y tocando Clavelitos, la madre de Víctor entregó esa capa al Papa, que se llevó al Vaticano. Yo creo que en esa capa, en ese joven, en esa madre, en esa España, pues estamos un poco todos.
Muchas gracias.
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