|
(Transcripción de la conferencia dada el pasado
24 de Mayo de 2001 en Requena).
Buenas tardes, muchísimas gracias a Caja Campo, a la
presentación y naturalmente a la invitación
tanto de Luis como de Bernabé, y muchas gracias a vosotros
y que lo siento por los del Valencia, pero bueno, eso ya es
agua pasada. Bueno yo de lo que voy a hablar hoy es de, bueno
el título es "las dos caras del milenio",
incluso se podría poner como subtítulo "libertad
o resignación". En general cuando hablo, a no
ser que sea algo muy académico, muy académico;
pues lo que hago es airear mis fantasmas, es decir, plantear
o comunicar para después discutir si hay ganas, que
es lo que me parece importante en ese momento, lo que me parece
importante a mí por supuesto, que es como uno primero
mira en la caja de resonancia que es uno mismo y después
lo trasmite. Entonces me interesó el plantearme, ante
los retos o desafíos del milenio en el que estamos
o hemos entrado, qué es lo que aparece y cómo
habría que reaccionar. Eso es lo que voy a contar y
en un principio he de decir que pensé como título
a la charla, "Nuevas perspectivas del milenio",
al final lo he cambiado, ¿porqué lo he cambiado?,
por que me parecía que era un tanto desconcertante
poner "nuevas perspectivas del milenio" porque este
el título de un libro de un americano, Harol, que ha
sido un bets seller en los últimos años. Él
defiende una postura en Estados Unidos muy especial, de un
cierto espiritualismo, lucha contra la New Age, una nueva
religión que tiene en Estados Unidos en este momento
más de dieciocho millones de seguidores; y sobre todo
se ha empeñado en defender la existencia de los ángeles.
Él dice que no está solo, que el 69% de los
americanos cree en los ángeles, cosa un tanto rara,
pero bueno, parece que es así. A mí ese tema
me interesa, el tema de las nuevas religiones, el tema de
los movimientos actuales, y por lo tanto si hay luego ganas
en el diálogo, podemos volver sobre ello. Pero aquí
quería fijarme en algo distinto, quería fijarme
en el núcleo de la vida humana, que yo creo que es
la actitud moral como enseguida veremos, y que si la desarrollamos
nos hace más libres, más felices, más
nosotros, más humanos; o que sin embargo, nos puede
minimizar, hacer que no crezcamos, que estemos en resignación
y que, en último término, vivamos peor. Y eso
quiero verlo como abiertos, como estamos, como el hombre milenario
que podríamos decir en nuestros días, a las
dos caras: cómo se nos presentan posibles grandes bienes,
reales o posibles grandes males, cómo habría
que enfocarlo, cómo habría que reaccionar, cómo
tenemos que contemplarnos, como tenemos que mirarnos y como
tendríamos que superarlo o entrar en buen pie, precisamente,
en aquella parte, o en aquel camino que nos podría
colocar en el buen sitio. Yo eso lo voy a hacer en tres partes.
En la primera voy ha hacer una breve contextualización
o introducción general: "el estado en que nos
encontramos"; creo que es un estado de desconcierto.
Después, en la segunda parte, lo voy a concretar más
y voy a fijarme en tres concretos, concretísimos, desafíos
o retos que, vuelvo a repetir, se abren como la cara de Jano,
hacia lo mejor y hacia lo peor. Y una vez dicho eso voy a
proponer, o sugerir, o indicar cuatro intentos de, si no solución,
por lo menos de intentar colocarnos, como decía antes,
en el buen sitio. Ese es el esquema de lo que voy a decir
y paso directamente a él.
Primera Parte. Ya os he dicho que voy ha hablar primero de
lo que yo considero, de una manera muy sintética por
supuesto, he expuesto lo que es el estado actual de nuestra
sociedad. Yo creo que el estado general de nuestra sociedad
puede ser descrito, tal vez, como un estado de desconcierto.
Dicho de otra manera, y por revertir la frase de un filósofo
clásico muy sensible a los estados de ánimo
de los humanos, decía él: "estamos insatisfechos
con el presente y temerosos del futuro". Se me podrá
objetar inmediatamente, y sin necesidad de echar mano de Fukuyama
alguno, o de alguien que pueda decir que estamos ya en el
fin de los tiempos, el mejor de los mundos posibles, etc.;
se me puede objetar que eso no es así, y decirme que,
al menos una franja importante del mundo, la referida concretamente
a las democracias prósperas, y a buen seguro a nuestro
país; vive autosatisfecha. Más aún, un
país como el nuestro, que se va incrustando rápidamente
en tales democracias autosatisfechas, como decía antes
habrían alcanzado aquel mejor de los mundos posibles
que decía el filósofo Poper y que hoy repite
constantemente otro discípulo suyo y un filósofo
dedicado a la política que se llama Gotaire: "estamos
en lo mejor que podíamos aspirar"; digo que en
un país así, en un país autosatisfecho,
no es nada extraño que el lema triunfante de una campaña
electoral todavía reciente haya sido "España
va bien". Yo desde luego no voy a negar que esa, por
lo menos esa aparente satisfacción, ni voy a negar
los logros reales que especialmente en el mundo de la economía
en general, y en el de la industria en particular, se han
obtenido, o en otros más. Pero, y subrayo el pero,
tengo la sospecha de que estamos ante algo bastante menos
real de lo que a primera vista parece; todavía más,
es probable que estemos viviendo el despropósito de
un mundo objetivo, cada vez más rico, que contrasta
con un mundo subjetivo cada vez más pobre. Efectivamente,
lo que en otro tiempo llamó la atención sobre
todo, sobre la desproporción o desequilibrio entre
la cultura como plasmación o materialización
de objetos, la cultura objetiva, que nosotros hacemos como
cultura; y la cultura como cultivo interior, no ha hecho sino
ir en aumento: más cultura objetiva, menos cultura
subjetiva. De ahí la sensación de estar dominados,
a modo de aprendices de brujos, por nuestras propias construcciones.
Y de ahí el miedo, el horror, el terror, la desazón
y la angustia que no cesa de estar alrededor nuestro.
Es como si los estímulos externos nos volvieran locos,
como si estuviéramos en una noria dando vueltas sin
poder parar. Yo no voy a remitirme al creciente número
de depresiones, endógenas o exhógenas me da
igual, que padecemos o a la alarmante neurósis que
sube sin cesar. Cada vez estamos más "zumbaos",
eso es algo que no hace falta más que salir a la calle;
yo en este punto recomendaría el libro que, es ahora
más actual que nunca, de Freud "El malestar de
la cultura", un libro que lo escribió él
en el ascenso del nacismo, pero que me sigue pareciendo uno
de los libros básicos de cabecera para entender lo
que nos está pasando. Y yo no voy a referirme, insisto,
a este echo de una manera más científica o dando
más datos, porque entraría en un campo, el de
la psicología social, que no me pertenece. A mi me
basta, creo que es suficiente, con remitirme a las experiencias
comunes, a las vivencias habituales o a lo que se expresa
en el lenguaje cotidiano. Y me remito también, como
no, al juicio moral; a lo que nos desvela nuestro juicio moral
cuando se da como tal. Porque la moral, lo adelanto ya y volveré
sobre ello, tiene un tema básico: la felicidad. La
felicidad humana, a lo cual volveré después
también.
En este sentido, yo creo que sin caer en actitud apocalíptica
alguna, que sería tan necia como la contraria, la que
acabo de describir aquella que piensa que estamos en el mejor
de los puntos posibles, que por otra parte es una frase sin
sentido; yo creo que, sin llegar a eso a tener actitud apocalíptica,
y desde esta experiencia común y desde este juicio
moral, yo creo que no es incorrecto concluir, en un breve
pero creo que objetivo análisis, que nuestro estado
de ánimo general debería mejorar mucho, que
realizamos o materializamos menos, o mejor mucho menos de
lo que podemos; y, a veces, es peor, o crea más mala
conciencia, omitir lo que se puede que hacer lo que no se
debe. Y que, en suma, la ceguera ante al futuro, la supresión
u olvido del pasado y la prisa en el presente, no hacen muy
alagüeña la imagen de la inmediata evolución
de nuestro mundo biocultural, creando un estado de infelicidad
que muchas veces es difícil, dificilísimo, concretar;
pero que sin embargo, esta ahí. Pero todavía
hay un dato adicional, de suma importancia, y que va más
allá de los individuos y su estado de ánimo
o de su autocomprensión. Las sociedades desarrolladas
y que llamamos civilizadas, no voy a entrar ahora en el viejo
tema de cultura y civilización, tomo civilización
en un sentido neutro, como dato que se refleja en los países
económicamente más prósperos. Digo, esas
civilizaciones, esos estados, esos países están
cruzados por una serie de sistemas representativos en los
que los ciudadanos delegan su poder. Es la herencia griega
de la democracia y suele ser descrita como el modelo más
acabado de convivencia social en el que, previa garantía
de libertad individual, el estado pone las normas adecuadas
para que el conjunto de los habitantes de dicho estado funcione.
Pues bien, no es tampoco ningún secreto, que la democracia
languidece, o se resquebraja en algunas de sus piezas claves.
No voy a decir que está en crisis, primero porque es
una tontería decir esto, uno cuando no tiene nada que
decir dice que está en crisis; por otra parte estar
en crisis no esta mal, ya que un organismo vivo está
en crisis constantemente. Yo creo que es algo pero, y es que
la participación ciudadana cada vez es menor, y las
alternativas políticas desaparecen convirtiéndose
la lucha política en un monopartidismo de dos laderas;
yo se que es un poco fuerte decir esto a veces, pero lo que
está ocurriendo es que hay un solo partido, no solo
en España o en Francia, sino en prácticamente
en todas las democracias occidentales u orientales. Es decir,
hasta qué punto se está sustancialmente en una
sola concepción del mundo, y en ese sentido puede haber
alternancias pero no alternativas que, evidentemente, no es
lo mismo.
Yo esto creo que es algo fundamental, sobre lo cual además
me gustaría después discutir o, por lo menos,
decir una palabra más. Y por otro lado, el capital
internacional es tan poderoso que muchas veces reduce a los
estados a meros comparsas; es lo que, como dirían los
alemanes, con un superconcepto suele entenderse por globalización.
Bueno he dado hasta aquí un cuadro breve que intenta
desde mi perspectiva, reflejar un desconcierto al que me refería
al principio. No dudo, no dudo que poseemos muchos que no
es, en modo alguno, desdeñable. Pero la labor del filósofo
moral, al menos la del filósofo moral y sin convertirse
en un Geremías, consiste en señalar sin piedad
los hechos, los hechos que ve, y compararlos con un ideal
de vida que nunca ha de perderse de nuestra mirada. Es de
esta perspectiva desde donde he intentado dibujar, brevemente,
rápidamente pero creo que objetivamente, la situación
actual, la situación de nuestros días.
Ahora bien, paso al segundo punto, porque conviene dar un
paso más, y es que lo anterior convendría concretarlo.
¿En qué sentido?, mostrando de manera más
directa las amenazas que se anuncian o las bondades que se
acercan. ¿Cómo estamos entrando en el futuro?,
decía un poeta que entramos en el futuro siempre de
espaldas, bueno démonos la vuelta y tratemos de ver
qué es aquello que se nos ofrece como posible bien
y como posible mal. O dicho en estos términos: conviene
poner ante nuestros ojos los cambios más espectaculares
que empiezan a tocarnos y que, repito, bien pueden convertirse
en fuente de felicidad o por el contrario en aumento de desgracias,
de resignación y de derrota. Para ello he seleccionado,
como os decía al principio, tres retos o desafíos
que a mi parecer van a condicionar el milenio. Es todo un
tema por sí mismo, la simbolización del milenio,
pero, ciertamente no es el caso de que entre ahora en él;
pero, es un milenio ciertamente que estamos inaugurando. Pues
bien, en primer lugar voy a fijarme en algo que he insinuado
ya, el resquebrajamiento de estado clásico y que se
hace manifiesto tanto en el resquebrajamiento del derecho
internacional, en cuanto a regulador de los estados, como
en la revitalización de los nacionalismos. Es verdad
que el derecho internacional siempre estuvo en precario a
causa de la rigidez de los estados nación, pero hoy
su crisis, su real crisis, se hace más y más
patente. En realidad dicho de hecho sirve para poco, y se
ve superado allí en donde los problemas, interestatales
especialmente, se agudizan: sea en Bosnia, en Etiopía
o en Hong Khong. Y en lo que atañe a los nacionalismos,
es una actitud cómoda deshacerse de ellos o minimizar
su sustancia, y así dar la explicación fácil
y según la cual, estaríamos ante un renacimiento
trival, ante la ley ancestral o frente a ese oscuro objeto
de deseos que no logramos controlar. Las cosas, pienso yo,
son más complicadas y más ambiguas. Es cierto
que nuestros deseos pueden ser incontrolados, o que la voz
de lo hatábico y primitivo suena a veces con fuerza
y, desgraciadamente, muchas veces eso son los nacionalismos.
Pero, pero, el núcleo de problema, repito, es quizá
más profundo, y el problema es que el estado que hemos
heredado se ha quedado corto; que la unidad de naciones, comenzado
por Europa, se hace necesaria; y que en fin y por otro lado,
deberíamos sumarnos todos internacionalmente pero,
al mismo tiempo, respetando el colorido comunal de las diferentes
agrupaciones humanas; que también esto, a veces, es
lo que pide el nacionalismo. Y toda una disputa hay al respecto
que, convendría muchas veces introducirse en ella,
a ver si los nubarrones que tenemos vienen en función
de las actuaciones más inmediatas y más perversas.
Yo creo que en este sentido estamos ante una crisis, en un
sentido hablando de crisis que no sea el tópico como
dije antes, y que puede saldarse positiva o negativamente.
Y es que en esta primera concreción del desconcierto,
se nos muestra un reto o un desafío en el milenio que,
resuelto positivamente nos aproximaría a todos sin
suprimir, al mismo tiempo, la diversidad; pero que, si se
resuelve mal, nos hará volver a algo mucho pero que
las luchas trivales, esas guerras actuales que destruyen más
que lo que nuestros antepasados pudieron imaginar, al no tener
nosotros los ritos o ceremonias pacíficas que ellos
poseyeron y que nosotros hemos abandonado en nuestra hipertrofia
cultural. Como suele decir un colega, filósofo de la
ciencia: "somos quizá en este momento menos agresivos,
pero mucho más violentos". A mí me parece
que esta es la primera concreción: cómo podemos
unirnos a un cosmopolitismo o universalismo muchos más
pleno y lleno, o como podemos acabar destrozándonos
todos. Insisto que es la primera concreción de esa
tijera que se abre hacia lo mejor o hacia lo peor.
Voy a pasar a la segunda. Se trata del conocido tema o hecho
de las nuevas tecnologías informáticas, como
alguien ha escrito en metáfora afortunada. "nos
hemos convertido en criaturas del aire, en medio de una telépolis
o ciudad de hilos, en las que se ha trocado nuestro planeta".
Y hay quien afirma que en esa nueva ciudad con hilos, tan
ciudad que hay un arquitecto, Michael, que precisamente ha
construido, de una manera imaginativa y muy ideal, lo que
se llama el "espacio tres"; que sería un
espacio completamente cibernético y por encima de lo
que sería el planeta o la tierra en un sentido más
directo y material. Y digo que hay quien afirma que en esta
ciudad con hilos, lo que va ha habitar es un humano al que
en nombre que mejor le cuadra es el de ciberántropo.
Bueno, hemos creado, yo creo que, efectivamente, es así;
un nuevo mundo: más virtual, pero no por ello menos
eficaz. Todo lo cual, está transformado no sólo
las relaciones personales, sino las sociopolíticas
también. En buen parte, todo es de todos, es decir,
hay un espacio común, tan común que algunos
con una ingenuidad suprema, como es el escritor Cohelo, acaba
de decir, me dejó muy sorprendido, que "internet
acabará con el capitalismo"; me parece que es
un poco exagerado, y en ese sentido cualquier punto del espacio
podría ser relevante, es decir, cualquier punto del
espacio podría ser el centro en esta telépolis.
Por cierto y entre paréntesis, dentro de poco no dominar
internet o que se escape el ratón será semejante
a la marginación que tenía el biletrado hace
un siglo. Por no hablar de la desaparición que puede
tener lugar aquella cultura del libro que, según Humberto
Eco, a caracterizado durante siglos anuestra sociedad. Y ya
que he citado a Eco, dos frases, no se si son dos perlas,
de él pero tienen su interés respecto a internet.
De entrada dice que "internet es una biblioteca desordenada"
y en otra ocasión ha dicho, y yo creo que con más
razón, "a más información de internet,
menos cultura"; por lo menos habría que atender
estas frases, cierro el paréntesis.
En cualquier caso y una vez más, estaríamos
ante un reto o desafío del milenio, y es que de nuevo,
como la diosa Jano, se nos muestran dos caras: por un lado
la liberadora, por otro una, no sólo no liberadora,
sino que podría ser opresora. Y es que, según
la buena, podríamos estar hoy informados constantemente
y por ejemplo, votar sin tener que delegar también
continuamente nuestros deseos en unos representantes que se
alejan de la voluntad ciudadana a más velocidad que
algunas estrellas. (Yo espero que Julián me perdone
esto). Así obtendríamos de verdad la necesaria
horizontalidad en las relaciones democráticas, y una
democracia directa que de todo su sello de autenticidad a
la voluntad y a la soberanía populares. De nuevo el
desconcierto se concreta en esa tijera que, por un lado mira
al cielo y por otro al infierno, y es que el infierno mira
a lo expuesto si lo que va a suceder es el entontecimiento
y dominio sobre la mayoría, o de la mayoría,
en manos de aquellos gurus poderosos que acabarían
diseñando, como el mundo de Orwell, lo que debemos
de consumir teórica y prácticamente.
Pero paso a la tercera concreción, y esta que voy
a decir ahora es para mí la más interesante
y la más fascinante, es en lo que estoy trabajando
más últimamente, en lo que he escrito más,
y me parece más el tema por excelencia. Vamos, si tuviera
que dejar esta tarde un mensaje, un recado, un consejo de
amigo, sería esto que voy a decir ahora: el tema de
las nuevas biotecnologías, los temas verdaderamente
que nos van a absorber y nos van a condicionar en el futuro
más inmediato. Se trata, vuelvo a repetir, de las nuevas
biotecnologías, por primera vez la ingeniería
genética, la clonación, terapéutica o
total, y un largo etcétera que engloba a lo que se
ha dado en llamar biocracia, están produciendo una
revolución muy especial. Y es que en esta ocasión
no sólo transformamos los objetos, sino que nos podríamos
estar, o nos estamos ya transformado a nosotros mismos. Hemos
entrado en nuestra tripas, no es cuestión ya de que
estemos manipulando los objetos, estamos reconstruyéndonos,
recreándonos, de ahí que aparezca una nueva
disciplina, dentro de mi campo, que se llama gen-ética,
ética de los genes. Fijaos que los mitos o ficciones
de Frankenstein, o el tan bonito judío del Golen, se
alían o se podrían hacer pronto realidad. De
ahí que se esté hablando ya, y de una manera
efectiva, de hombres a la carta, de jugar a dioses, de Santo
Grial, y de un montón de expresiones más que
revelan, como por ejemplo: la secuenciación del genoma
humano, nada digamos de animales o plantas; la terapia génica,
que iría directamente a los genes, más allá
de los fármacos externos; una clonación reproductiva
o asexuada, etc, etc; abre un mundo inédito ante nosotros.
Un mundo inédito que, no sólo cambiaría
la medicina o la industria farmacéutica, o el lenguaje;
dentro de poco quién no domine ya qué quiere
decir genómica, procreática, reprogenética,
etc., va a quedarse también "out". Pero bueno,
digo que no sólo, como insinuaba antes, se está
cambiando la biomedicina sino, cosa mucho más importante,
se puede cambiar y se empieza a cambiar nuestro mismo ser
y nuestra propia autocomprensión como sujetos. Lo digo
porque podemos tener un individuo clonado, con el corazón
de cerdo, que es probablemente el más semejante al
nuestro; con una pierna inteligente y un montón de
cuestiones más que están haciendo un mundo en
donde puede perderse la identidad individual, puede ganarse
en autonomía, pero ciertamente comenzamos a ser intercambiables
y moldeables por nosotros mismos. Por poner algún ejemplo
entre mil y que no tienen ya nada de ficción, podríamos
tomar el citoplasma de una vaca o de un cerdo, quitarle en
núcleo, y colocar en un vaciado núcleo la carga
genética, por clonación de, por ejemplo, una
mujer. ¿Cuál sería el resultado?, es
de suponer que un humano que pose algo de vaca o de cerdo.
Recuérdese que en el citoplasma también hay
algo de carga genética, que está contenida en
las mitocondrias. Súmese a lo anterior que el neonato
podría tener tres o cuatro madres: la madre genética
que aporta su núcleo; la madre que aporta el útero,
para el proceso embrionario; y añadamos también
la madre social, que lo cuidaría. O fijémonos,
dando un salto, en un actual caso de la clonación,
la clonación puede ser reproductiva, es decir, total
(de Javier puede salir un Javierito), o terapéutica,
simplemente aplicada una parte del organismo. En la reproductiva,
como he dicho, en una célula cualquiera somática,
y diferenciada, ya está hecha, de Javier; podría
generarse un Javier igual desde el punto de vista genético.
Hasta el momento y desde la clonación de Dolly, son
bastante más de trescientos mamíferos los clonados;
y en lo que hace la clonación humana, casi todas las
legislaciones del mundo la prohiben, sin duda; pero si la
técnica se perfecciona, y según el padre de
la oveja Dolly hay un 4% técnicamente hablando de probabilidades,
después ha dicho un 10%, ahora se dice un 74% de que
no nacerían, es decir, que varían las cifras
y por lo tanto técnicamente, como ocurrió también
con la fecundación in vitro, pues de momento esto sería
dificultoso; sin embargo, sin embargo, si alguien se decidiera
ha hacerlo, difícilmente sería evitable. Más
aún algún escéntrico se ha puesto ya
a disposición, y otros menos escéntricos, y
buenos, muy buenos genetistas que además han sido los
que, por otra parte, han hecho reproducción asistida
de manera muy espectacular y muy eficiente como son Davos
y Andonovi; estos ya han dicho que están dispuestos
también ha hacerlo, ha hacer clonación total.
Algún loco también se ha dispuesto al asunto,
incluso hay un leyenda que algunos dicen que tiene más
de realidad que de leyenda, y según la cual la clonación
habría tenido lugar ya. Eso es la clonación
total.
En la terapéutica podríamos tener tejidos,
incluso órganos de repuesto si creáramos embriones
de cuyas células madres subdiferenciadas o precursoras,
deriváramos después líneas celulares
que mantendríamos como banco genético, y así
tendríamos a mano corazones, riñones, hígados,
etc., de repuesto. No es extraño que algún atrevido
biólogo hable de que podemos llegar a vivir muy sanos
casi doscientos años, y otros menos prudentes, no en
vano es un filósofo, Harrys; hablan claramente de inmortalidad.
Como se ve, el vértigo comienza a dominarnos y tal
vértigo no se conjura con exclamaciones, gritos de
terror o apelación a una moral que no sea explícita.
Para rechazar, en el caso que haya que rechazarlo, lo que
acabo de exponer, es necesario razonar en términos
estrictamente argumentativos: las emociones, los sentimientos
o la tradición no son argumentos suficientes. Pero
es que además lo que he expuesto puede, por encima
de todo, dar no pocos bienes a la humanidad, no olvidemos
que el sacrificio por el sacrificio tendría que sernos
ajeno. Nuestra meta, como decía Aristóteles,
es la felicidad, la felicidad humana que se consigue en buena
parte de forma interna, con el talento y el temperamento;
pero al mismo tiempo con bienes materiales externos. De nuevo,
por tanto, estamos ante un extraordinario y milenario desafío
que de bifurca en grandes posibles bienes y grandes posibles
males. Bienes en cuanto a que dominaríamos más
las enfermedades genéticas y multifactoriales, regeneraríamos
nuestros cuerpos y, al mismo tiempo, es posible que alargáramos
mucho mas la vida de los humanos; desde luego no que alcanzáramos
la inmortalidad como quería Harrys, que pedantemente
es uno de los que lo ha dicho. Pero los males, como es obvio
y todo el mundo puede adivinar también acechan, pesemos
desde un punto de vista externo, en la pésima distribución
de los recursos, no olvidemos que el 90% de los recursos médicos
satisfacen sólo al 10% de la humanidad. Y los ejemplos
concretos de injusticia podrían multiplicarse, como
decía la prestigiosa revista Sajans que tituló
"en busca de la fibrosis quística", que solo
afecta a los blancos y sobre lo cual se ha gastado un montón
de millones; mientras que las enfermedades infecciosas, el
paludismo por ejemplo, tiene quinientos millones, o la malaria,
o la tuberculosis siguen machacando, destruyendo y minando
a la gente pobre. Aparte de esto, hay que tener en cuenta
las modificaciones incorrectas que podríamos hacer
en nosotros mismos, hay un biólogo americano, Silver,
que con una pizca de provocación y otra de pedagogía,
dice que estaríamos ya en condiciones de hacer seres
humanos de cuatro categorías distintas, por clonación,
es decir, primera, segunda, tercera y cuarta división;
nada digamos si hablara de los alimentos, de la ecología
o de otra serie de transformaciones genéticas que nos
harían que la lista pudiera ampliarse enormemente.
A mi me parece que esta es la situación, este es el
tercero de los grandes retos y desafíos, y repito que
lo que acabo de exponer es el más inédito y
el más extraordinario, más aún: estoy
convencido de que el 80% de los problemas morales que nos
va ha ofrecer el milenio que estrenamos, proceden de la biología
molecular, la genética y la bioética, la bioética
en cuanto que te matiza estos problemas; más aún,
yo sigo pensando que no somos conscientes de lo que está
sucediendo, de que en este campo estamos todavía muy
dentro del sensacionalismo, que reaccionamos de una manera
muy primaria, que no nos enteramos suficientemente, que hay
una mala pedagogía, que debíamos de ser muchísimo
más cautos, más abiertos a entender y más
dispuestos a saber que es lo que puede suceder. Pero por ahí
van los tiros; que es una cuestión básica, que
se avanza a una velocidad extraordinaria y que va a tener
unas repercusiones muy superiores a cualquier otro tipo de
cuestiones: a llegar a la luna, a Marte, a Júpiter,
a Neptuno o a donde sea. Bueno, hasta aquí la segunda
parte, he concretado muy brevemente, muy rápidamente,
en falshes, los tres puntos o aspectos que se nos abren en
el milenio que estrenamos.
Es hora ya de que pase al tercer punto, a valorar lo que
he expuesto y a proponer, si cabe tímidamente, algo
que nos ayudara a colocarnos en la mejor de las situaciones
posibles. Como indiqué al principio el asunto no está
solo en señalar y denunciar, eso es una primera parte;
sino también en recordar que el bien, personal y común,
es la finalidad máxima de la existencia humana. En
este sentido, en la primera parte, he hecho una descripción
general de nuestro estado de incertidumbre, de una especie
de perplejidad sin salida. En la segunda he concretado más
tal situación escogiendo tres ejemplos que me parecen
especialmente significativos y relevantes. Ahora bien, sobre
todo en esta segunda parte, se habrá notado que no
me he limitado a la mera descripción, que he insinuado
ya una determinada valoración, que he querido mostrar
cómo se posan en el horizonte ciertos bienes y como
los rodean también nubarrones de males, o deberes,
mejor dicho prohibiciones, o aquello que nunca deberíamos
transgredir. Es el momento de dar un paso más en el
que comprometo más mi juicio u opinión personal,
y decidí hacerlo, claro está, desde mi ámbito
profesional, mi gremio y espero que también sea mi
vocación que es la filosofía moral; con su siempre
complementación de lo político. En lo que sigue,
precisamente, voy a dar respuesta, o intentar dar respuesta,
o insinuar, a esos interrogantes que se abren y desde el núcleo
este a desarrollar de la moral y del milenio. Y para ello
voy a exponerlo en cuatro puntos, cuatro puntos que, como
he indicado, quieren ser cuasi propuestas, sugerencias o ideales
en vistas de este milenio que comienza. El primero, y como
corresponde a mi actividad, tiene que ver con la moral en
cuanto tal, moral o ética las voy a utilizar como sinónimos
en la academia en una visión más sofisticada,
habría que distinguirlas, pero aquí voy a tomarlas
como, intuitivamente, lo que entendemos por moral o ética.
Losotros, por supuesto, también tendrán que
ver con la moral, pero este tiene que ver de una manera más
directa, más precisa. Yo ya sé que se suele
hablar de moral de modo retórico o, por si cabe, como
si se tratara de algo subjetivo, emotivo o sin trascendencia
alguna. No es así, la moral es una conquista histórica
que hemos realizado los hombres y las mujeres en común.
Más aún, yo creo que tal vez sea el logro humano
por excelencia, y es que en la moral nos convertimos en artistas
de nosotros mismos, en creadores de nuestras personas, de
la singularidad que somos. Luis, Bernabé, Javier, somos,
no por los genes, no por la herencia, no por haber tomado
más o menos el sol, sino que somos nosotros en función
del poder que tenemos de construirnos como somos. Yo creo
que, en ese sentido, valga la expresión que utilizó
también Aristóteles: "la moral tiene algo
de divino". Y así, la moral, si se entiende así,
es base o fundamento de cualquier política que no se
convierta en mera gestión o en dominio de unos pocos.
Ahora bien, es una característica terrible, en cierto
modo desgraciada, de los seres humanos y que se hace patente
en las sociedades plurales, pluralistas, y multiculturales
que nos debatimos entre teorías morales distintas,
no sólo códigos morales distintos. Yo estoy
seguro que si en estos momento hiciéramos una cala
en la sala respecto a dos problemas típicos: la eutanasia
y el aborto, habría quince o veinte posturas distintas,
y todos tenemos prácticamente la misma educación.
Pero el asunto no es eso, sino que a la hora de justificarlo,
lo justificaríamos probablemente apoyándonos
en teorías morales distintas. Y así por ejemplo,
dos grandes argumentaciones o justificaciones: serían
la que se llama utilitarista, esta trata de justificar sus
juicios en términos utilitarios, es decir, fijándose
en las consecuencias de las acciones. Otros por el contrario,
son los llamados deontologistas, los que sacaban siempre los
principios, y piensan que al margen de las consecuencias que
pueda tener cualquier acción, hay que estar siempre
en función de los principios. Yo personalmente tiendo
más, aunque creo que hay que acudir a las dos, a lo
segundo. Soy, en este sentido, más neocantiano, por
decirlo así. Pues bien, en nuestra era milenaria y
al margen de otra serie de consideraciones, en este periodo
cruzado de retos y de desafíos descomunales, alguno
de los cuales hemos visto, yo lo que si creo es que lo que
tenemos que tener es una ética fuerte, una ética
fuerte. Es más yo creo que una de las desgracias de
la postmodernidad ha sido precisamente haber hecho que seamos
unos sujetos sumamente débiles, que se los lleva el
viento con mucha facilidad. Ahora, ¿qué es lo
que quiero decir exactamente cuando hablo de una ética
fuerte?. Por supuesto no me estoy refiriendo a algún
tipo de ética celestial o teológica, en modo
alguno. La ética es autónoma y se basta a sí
misma. Por otro lado, en una sociedad laica y secular nos
movemos, y con todo el respeto que hay que tener a quien sea
creyente y tenga una ética teológica, no es
ese el caso de la ética en cuanto tal. Cuando hablo
de la ética fuerte miro, por tanto, hacia una ética
construida por los humanos que defienda, realmente, los derechos
humanos. Esos derechos tantas veces proclamados y tan pocas
veces realizados, como suele recordar Norberto Bofio. Y tal
ética solo es posible si nos consideramos todos, uno
más en el conjunto de los humanos; o lo que es lo mismo,
si nadie usa a otro como medio o instrumento; o lo que es
lo mismo, si tenemos entre todos relaciones recíprocas,
internas, si nos relacionamos por ser seres, hombres o mujeres,
y no por tener más o menos poder; no nos intercambiamos
como mercancías totalmente mercantilizados y en mero
contrato. O lo que es lo mismo, si junto a la libertad de
cada individuo colocamos la obligación de ayudar a
quien sea que esté ahí, a cualquiera que sea,
a cualquiera que lo necesite. Lo cual implica la justa distribución
de los bienes que poseamos. No es lo dicho prédica
alguna, al menos no quiere serlo. Es más bien el núcleo
de la mejor conciencia humana, que es la conciencia moral
y la que da la felicidad. Y es, además, la única
moral que nos posibilita entrar en el milenio con buen pie,
sin recurrir a las ficciones de los nuevos movimientos religiosos,
un tema también por sí mismo, o atados de pies
y manos al primer político que vocifere más.
Es, en fin, la moral apta para enfrentarse a las nuevas tecnologías
y hacer que estas, se trate del proyecto Apolo o el proyecto
genoma humano, valgan para todos.
Se me preguntará inmediatamente si soy capaz de poner
cascabel al gato, es decir, si vislumbro dicha moral, mi respuesta
es esta: antes de nada, como pura afirmación, creo
que es la moral necesaria para que las espadas se conviertan
en cañas, o las espinas en flores. Y en cuanto a si
detecto algún movimiento por donde corra una savia
con la moral requerida, sólo diré lo siguiente:
Ciertos jóvenes, grupos sociales críticos, una
voz aún sin esplicitar, en buena parte esparcida por
toda la sociedad, y algunos intelectuales si que apuestan
por dicha moral. Bueno la palabra intelectual, me da una cierta
vergüenza, yo la estoy tomando en términos parecidos
a los que las utilizaba Txonsky, es decir, aquellas personas
que tienen una cierta influencia en la sociedad, podrían
ser profesores como podrían ser empresarios. Hay un
colega mío de filosofía que tiene un diccionario
de filosofía, y a mí siempre me hace mucha gracia,
siempre que hablo de intelectuales me acuerdo de él,
porque en la voz que dice intelectual pone: léase imbécil,
bueno yo a tanto no llego. Y esto yo creo que si hay estas
apuestas, se trata de una esperanza, una pequeña luz,
un destello que no habría que apagar. Se trataría
de semillas, indicios a lo mejor, que debemos escuchar, con
toda prudencia y cautela, que naturalmente es algo que siempre
tiene que acompañarnos como la sombra al cuerpo. Y
una nota adicional sobre la moral: la mejor introducción
a la moral es la amistad. La amistad también es un
tema por sí mismo, en cualquier caso y como indicó
bien uno de los fundadores de la moral, "en la amistad
uno encuentra en el otro el espejo necesario para saber quién
es, el reposo constante, la voz propia que se combina con
la del otro y el afecto que lleva de verdad a los sentimientos
morales". Si de algo debemos quejarnos en nuestros días
es de la dificultad para tener amigos. Un amigo, decía
Emerson, "es alguien frente al cual se piensa en voz
alta". A mí me parece grandioso esto. Pues bien,
si no podemos hacerlo, o cuando no podemos hacerlo, estamos
atados. Cerca unos de otros, pero opturados a la hora de crecer
moralmente y de gozar en compañía mutua.
Paso al segundo punto. La moral se alimenta, como es obvio,
de una determinada cultura. La moral está empapada
por la cultura. Sé muy bien que la palabra cultura
ha sido y es, una palabra muy mal tratada, hay un libro de
un colega que se llama Gustavo Bueno, que se llama "El
mito de la cultura", y dice cosas interesantes, a veces
un poco raras pero que convendría tener en cuenta lo
mal que haces utilizamos la palabra cultura. Y es que se llama
cultura a cualquier cosa: cultura de la cerveza, de la violencia,
ministerio de cultura... da igual, ¡todo vale como cultura!.
Aquí la voy a tomar, como he dicho anteriormente, no
tanto en cuanto produce objetos, podía ser la pintura,
la música e incluso el pensamiento; sino como cultivo
interno o interior, subjetivo. Este último significado
proviene precisamente de Ciferón, y esta tomado del
latín Codo, cultivo del campo. La palabra cultura,
curiosamente, es muy reciente. En el diccionario de los ilustrados,
de hace dos siglos, la palabra cultura casi no tiene referencia,
y cuando se habla de ella, se habla de la agricultura. Por
tanto la cultura actualmente nos parece fundamental y lo es,
al menos en este sentido en que la estoy tomando yo ahora:
como formación sobre nosotros mismos. Pues bien, yo
creo que podemos tener una cultura, o mantenernos en una cultura
llena de miedo, incapaz de mirar hacia delante; o por el contrario,
desarrollar una cultura más rebelde, de transformación
y de crecimiento. Ultimamente, y muy especialmente en la siempre
provocativa Francia, se ha comenzado a proponer una cultura
del individuo edonista. Yo no sé hasta que punto se
trata de palabras o del marketing típicamente francés,
yo pienso más bien que lo que necesitamos es una cultura
en movimiento, dispuesta a aprender de los hechos, a tener
olfato y a posibilitar de verdad la vida moral tal y como
la venía describiendo. Y esto, por cierto, deberíamos
contemplarlo, aprovecho la ocasión, a la luz de la
construcción de Europa. Yo creo que se está
construyendo Europa con los viejos estados y por el tejado,
con dinero y con el ejército. Cuando lo que necesitamos,
antes de nada, es una Europa de cultura radicalmente democrática.
Decía el filósofo Gálamer, que por cierto
ha cumplido ya cien años, que Europa solo se hará
en una gran conversación. Efectivamente, sin excluir
a nadie, incluido el alternativo y distinto, pero eso sí,
evitando todo tipo de violencia. Como dice el gran médico
Heart: "de todo hablemos, hagamos de todo, pero eliminemos
siempre la violencia que es hipertrofia cultural humana".
Todo lo cual remite a una educación y a una pedagogía
bien distintas de las que tenemos, empezando por la universidad.
Ahora bien, una vez más el cascabel al gato, ¿se
ve la aurora de tal cultura por algún sitio?. Yo no
la veo fácilmente, mucho menos aun que la moral. Nos
está tragando el Gran Hermano y, no es un chiste fácil,
dan ganas a veces de tirar la toalla, de reconocer sin más
que, finalmente, nos aproximamos a una falta de ideología
total, al conformismo consumista, a la democracia plana, sin
aristas, sin gracia, sin gusto y sin misterio. En cualquier
caso, hay pequeñas capas de la sociedad que se mueven
o que, por lo menos, presagian alguna expresión de
libertad. Lo creo, en cualquier caso, necesario porque no
sucumbiremos a una muerte a una muerte traumática,
pero sí a mucho de tedio y de aburrimiento.
El tercer punto está relacionado con lo político,
es decir, con la exigencia de armonizar, en grupo social,
nuestras necesidades. Un error básico en del liberalismo
metafísico, no sé si prolongado en el neoliberalismo
actual, consiste en concebir a cada ser humano como una isla
autosuficiente, un pequeño Dios teórico que
después se puede morir prácticamente de hambre.
Ahora bien, lo político es probable que esté
a punto de cambiar en el milenio que se acerca. Y que esté
a punto de cambiar, antes de nada, en lo que se refiere a
las relaciones externas en los distintos estados. Es probable
y desde luego par mí deseable, que las fronteras entre
los estados vayan perdiendo rigidez, y que nos aproximemos
a una organización universal sin soberanías
absolutas parciales. El filósofo Kant soñó
con ese ideal y tribunales penales como el de Roma, torpedeado
entre otros por China y Estados Unidos, son pequeños
pasos en esa dirección. Lo político tendría
que ser la real institucionalización de los derechos
humanos, de los derechos civiles, sociales y económicos.
Decía antes que en vez de hablar tanto de ellos, habría
que realizarlos en cualquier parte del mundo, de Cuba a Pekín
pasando por E.E.U.U., Arabia, Guinea Ecuatorial o España.
Después que cada zona, entorno o parte del mundo tenga
su color comunitario, sus costumbres y hasta sus manías.
Es obvio que existen obstáculos hacia el deseado avance
hacia un planeta intercultural y cosmopolita. Un obstáculo
fundamental es el dinero que se acumula en algunos de los
estados del mundo, en este sentido me parece un poco absurdo
considerar que se aglutinen en el mismo concepto de estado
Guinea Ecuatorial y E.E.U.U., antes citados. Y aunque no hay
por mi parte un rechazo ascético o necio hacia el dinero,
me gustaría recordar que ya desde la antigüedad
el Dios oriental Mamón no se presentó precisamente
como un mediador entre los hombres, el intercambio simbólico
que es el dinero, que es maravilloso como intercambio simbólico
y que junto con el intercambio del lenguaje son lo dos grandes
símbolos que tenemos desde hace poco en esta civilización;
digo nos aplasta cuando, en aprendices de brujos, se convierte
en un fetiche divinizado. Pero esto nos lleva a lo político
en su sentido interno, es decir, en lo que nos toca a nosotros
en cada estado, en este caso en España; mirando a cada
uno de los países que pueblan el mundo en el cual uno
está inserto. Se prevee una transformación hacia
esa justicia milenaria en países como los nuestros,
ya en cada uno de nosotros. Algunos, entre los que yo me encuentro,
señalan que tanta formación positiva sólo
es posible si se consigue, en verdad, que los ciudadanos sean
ciudadanos, y la gestión administrativa de las instituciones,
una gestión correcta, limpia y no exenta de impunidad.
Por mi parte, y mirando al milenio, con las espectativas propias
de quien no ha dimitido de un mundo con ideales, creo que
es necesario que los individuos en cuanto a ciudadanos sean
más resistentes y la democracia radicalmente democrática.
El peligro de nuestros días consiste, y no es ninguna
contradicción, en tener democracia sin demócratas;
algo que parece imposible pero que, sin embargo, puede ser
y muchas veces es, una realidad. Pues bien, resistir ante
los autoengaños, la fatalidad, la delegación
tanto del propio poder y todo lo que corroe la vida democrática,
es fundamental. Después de la ola postmoderna tendríamos
que recuperar el concepto ilustrado de autonomía y
proyectarlo al milenio. Desde ahí no hay que tener
miedo a la democracia, nos lleve esta hasta donde pueda ser
consumada y recordemos que la democracia es cambio, movimiento,
autocrítica y hasta cuestionamiento de ella misma,
siempre para ser más democrática. ¿A
dónde podríamos mirar para encontrar tal camino
democrático? Tal vez se trate, por ahora, de movimientos
subterráneos, de quejas que tal vez quisieran encontrar
la palabra adecuada, o de actos todavía minoritarios
pero algunos importantes, como por ejemplo la pérdida
de impunidad de los dictadores, la limitación de la
omnipotencia de los estados o, a veces, protestas inesperadas.
Todo esto dibuja una meta, en el fondo es la meta de siempre:
que lo político, como continuidad de lo moral, nos
ayude a ser felices, a vivir mejor, pero a vivir mejor todos.
Además vivimos ya en la gran ciudad, vivimos en conjunto,
vivimos en la polis, el mundo se ha convertido ya en una gran
ciudad.
Es momento ya de pasar al último y cuarto proposición,
nivel o sugerencia. Y en este punto voy a fijarme en una,
tal vez, olvidada obviedad. Me voy a fijar en que, en suma,
todo de apoya en cada uno de nosotros. Si antes he criticado
el individualismo metafísico que, parece, han transplantado
al modelo social egoista; ahora me gustaría recuperar
a los individuos. Hablé antes de resistencia, de resistencia
ante el conjunto de males que nos impiden crecer, y en este
punto convendría desarrollar tal resistencia recordando,
una vez más, la responsabilidad que en cuanto a sujetos
morales tenemos cada uno de nosotros. Cuando hablo de responsabilidad,
no hablo de sacrificio, la responsabilidad es compatible,
incluso, con un edonismo sano. Aunque el término edonismo
está ya marcado tan negativamente que quizás
es irrecuperable. En cualquier caso, responsabilidad de los
individuos o autonomía moral consiste en renegar de
nuestros actos, convirtiéndonos así en protagonistas
de una construcción general en la que cada uno aporta
su parte. El gran Borges dejó escrita esta frase lapidaria:
"la moral es una ilusión". A mí me
gustaría añadir que debe ser una ilusión
si por ilusión se entiende una visión amplia,
y hasta utópica, en la libertad con la que estamos
dotados. Habría que desmentir a Borges si por ilusión
se entiende lo que suele comprender el lenguaje común,
engaño. No tiene porque ser engaño todo. Precisamente
la dignidad propia de las personas se basa, en buena parte,
en su capacidad para modificar verdaderamente las cosas y,
antes de nada, a nosotros mismos. En caso contrario, seremos
autómatas o meros espectadores en un escenario impuesto.
El milenio que llega, por tanto, tendría que despertar
en nosotros un cierto sentido por lo inédito, por lo
que está por hacer. En mi último libro "El
hombre espiritual", y perdón por la pedantería
de la autocita, me refería a un aspecto que hoy lo
veo casi perdido y que me parece importante recuperar, es
el siguiente: el respeto por el misterio, la admiración
ante lo desconocido. Pues bien, en analogía con esta
postura, pienso que deberíamos retomar la frase de
Agustín, aquella que decía: "vuelve dentro
de ti, ahí esta la verdad" y transformarla en
esta otra: "volvamos a nosotros mismos y, desde ahí,
tomemos fuerza para crear un mundo nuevo, el mundo del milenio
que llega". Contra tanto profeta que se cumple a sí
mismo, contra tanto vendedor de futuros ya hechos, conviene
que recuperemos el sentido hondo de nuestra libertad. Y desde
ahí podemos mantener la espectativa ante el nuevo milenio
y crear un mundo multicolor, una vida en común, sin
manchar o tachar las diferencias. Una sociedad satisfecha
por justa, y una humanidad con ciencia pero con arte y con
mucha conciencia. Esto sería, sin ninguna pedantería,
un mundo en nuestras manos. Esta sería la buena cara
del milenio y, en algún sentido, yo creo que es el
mandato que tenemos aunque solo sea por el simple hecho de
ser hombres o mujeres.
Muchas gracias.
|