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Encuentros culturales
 

"LAS DOS CARAS DEL MILENIO"

JAVIER SÁDABA GARAY

24 de mayo de 2001

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(Transcripción de la conferencia dada el pasado 24 de Mayo de 2001 en Requena).
 
Buenas tardes, muchísimas gracias a Caja Campo, a la presentación y naturalmente a la invitación tanto de Luis como de Bernabé, y muchas gracias a vosotros y que lo siento por los del Valencia, pero bueno, eso ya es agua pasada. Bueno yo de lo que voy a hablar hoy es de, bueno el título es "las dos caras del milenio", incluso se podría poner como subtítulo "libertad o resignación". En general cuando hablo, a no ser que sea algo muy académico, muy académico; pues lo que hago es airear mis fantasmas, es decir, plantear o comunicar para después discutir si hay ganas, que es lo que me parece importante en ese momento, lo que me parece importante a mí por supuesto, que es como uno primero mira en la caja de resonancia que es uno mismo y después lo trasmite. Entonces me interesó el plantearme, ante los retos o desafíos del milenio en el que estamos o hemos entrado, qué es lo que aparece y cómo habría que reaccionar. Eso es lo que voy a contar y en un principio he de decir que pensé como título a la charla, "Nuevas perspectivas del milenio", al final lo he cambiado, ¿porqué lo he cambiado?, por que me parecía que era un tanto desconcertante poner "nuevas perspectivas del milenio" porque este el título de un libro de un americano, Harol, que ha sido un bets seller en los últimos años. Él defiende una postura en Estados Unidos muy especial, de un cierto espiritualismo, lucha contra la New Age, una nueva religión que tiene en Estados Unidos en este momento más de dieciocho millones de seguidores; y sobre todo se ha empeñado en defender la existencia de los ángeles. Él dice que no está solo, que el 69% de los americanos cree en los ángeles, cosa un tanto rara, pero bueno, parece que es así. A mí ese tema me interesa, el tema de las nuevas religiones, el tema de los movimientos actuales, y por lo tanto si hay luego ganas en el diálogo, podemos volver sobre ello. Pero aquí quería fijarme en algo distinto, quería fijarme en el núcleo de la vida humana, que yo creo que es la actitud moral como enseguida veremos, y que si la desarrollamos nos hace más libres, más felices, más nosotros, más humanos; o que sin embargo, nos puede minimizar, hacer que no crezcamos, que estemos en resignación y que, en último término, vivamos peor. Y eso quiero verlo como abiertos, como estamos, como el hombre milenario que podríamos decir en nuestros días, a las dos caras: cómo se nos presentan posibles grandes bienes, reales o posibles grandes males, cómo habría que enfocarlo, cómo habría que reaccionar, cómo tenemos que contemplarnos, como tenemos que mirarnos y como tendríamos que superarlo o entrar en buen pie, precisamente, en aquella parte, o en aquel camino que nos podría colocar en el buen sitio. Yo eso lo voy a hacer en tres partes. En la primera voy ha hacer una breve contextualización o introducción general: "el estado en que nos encontramos"; creo que es un estado de desconcierto. Después, en la segunda parte, lo voy a concretar más y voy a fijarme en tres concretos, concretísimos, desafíos o retos que, vuelvo a repetir, se abren como la cara de Jano, hacia lo mejor y hacia lo peor. Y una vez dicho eso voy a proponer, o sugerir, o indicar cuatro intentos de, si no solución, por lo menos de intentar colocarnos, como decía antes, en el buen sitio. Ese es el esquema de lo que voy a decir y paso directamente a él.

Primera Parte. Ya os he dicho que voy ha hablar primero de lo que yo considero, de una manera muy sintética por supuesto, he expuesto lo que es el estado actual de nuestra sociedad. Yo creo que el estado general de nuestra sociedad puede ser descrito, tal vez, como un estado de desconcierto. Dicho de otra manera, y por revertir la frase de un filósofo clásico muy sensible a los estados de ánimo de los humanos, decía él: "estamos insatisfechos con el presente y temerosos del futuro". Se me podrá objetar inmediatamente, y sin necesidad de echar mano de Fukuyama alguno, o de alguien que pueda decir que estamos ya en el fin de los tiempos, el mejor de los mundos posibles, etc.; se me puede objetar que eso no es así, y decirme que, al menos una franja importante del mundo, la referida concretamente a las democracias prósperas, y a buen seguro a nuestro país; vive autosatisfecha. Más aún, un país como el nuestro, que se va incrustando rápidamente en tales democracias autosatisfechas, como decía antes habrían alcanzado aquel mejor de los mundos posibles que decía el filósofo Poper y que hoy repite constantemente otro discípulo suyo y un filósofo dedicado a la política que se llama Gotaire: "estamos en lo mejor que podíamos aspirar"; digo que en un país así, en un país autosatisfecho, no es nada extraño que el lema triunfante de una campaña electoral todavía reciente haya sido "España va bien". Yo desde luego no voy a negar que esa, por lo menos esa aparente satisfacción, ni voy a negar los logros reales que especialmente en el mundo de la economía en general, y en el de la industria en particular, se han obtenido, o en otros más. Pero, y subrayo el pero, tengo la sospecha de que estamos ante algo bastante menos real de lo que a primera vista parece; todavía más, es probable que estemos viviendo el despropósito de un mundo objetivo, cada vez más rico, que contrasta con un mundo subjetivo cada vez más pobre. Efectivamente, lo que en otro tiempo llamó la atención sobre todo, sobre la desproporción o desequilibrio entre la cultura como plasmación o materialización de objetos, la cultura objetiva, que nosotros hacemos como cultura; y la cultura como cultivo interior, no ha hecho sino ir en aumento: más cultura objetiva, menos cultura subjetiva. De ahí la sensación de estar dominados, a modo de aprendices de brujos, por nuestras propias construcciones. Y de ahí el miedo, el horror, el terror, la desazón y la angustia que no cesa de estar alrededor nuestro.

Es como si los estímulos externos nos volvieran locos, como si estuviéramos en una noria dando vueltas sin poder parar. Yo no voy a remitirme al creciente número de depresiones, endógenas o exhógenas me da igual, que padecemos o a la alarmante neurósis que sube sin cesar. Cada vez estamos más "zumbaos", eso es algo que no hace falta más que salir a la calle; yo en este punto recomendaría el libro que, es ahora más actual que nunca, de Freud "El malestar de la cultura", un libro que lo escribió él en el ascenso del nacismo, pero que me sigue pareciendo uno de los libros básicos de cabecera para entender lo que nos está pasando. Y yo no voy a referirme, insisto, a este echo de una manera más científica o dando más datos, porque entraría en un campo, el de la psicología social, que no me pertenece. A mi me basta, creo que es suficiente, con remitirme a las experiencias comunes, a las vivencias habituales o a lo que se expresa en el lenguaje cotidiano. Y me remito también, como no, al juicio moral; a lo que nos desvela nuestro juicio moral cuando se da como tal. Porque la moral, lo adelanto ya y volveré sobre ello, tiene un tema básico: la felicidad. La felicidad humana, a lo cual volveré después también.

En este sentido, yo creo que sin caer en actitud apocalíptica alguna, que sería tan necia como la contraria, la que acabo de describir aquella que piensa que estamos en el mejor de los puntos posibles, que por otra parte es una frase sin sentido; yo creo que, sin llegar a eso a tener actitud apocalíptica, y desde esta experiencia común y desde este juicio moral, yo creo que no es incorrecto concluir, en un breve pero creo que objetivo análisis, que nuestro estado de ánimo general debería mejorar mucho, que realizamos o materializamos menos, o mejor mucho menos de lo que podemos; y, a veces, es peor, o crea más mala conciencia, omitir lo que se puede que hacer lo que no se debe. Y que, en suma, la ceguera ante al futuro, la supresión u olvido del pasado y la prisa en el presente, no hacen muy alagüeña la imagen de la inmediata evolución de nuestro mundo biocultural, creando un estado de infelicidad que muchas veces es difícil, dificilísimo, concretar; pero que sin embargo, esta ahí. Pero todavía hay un dato adicional, de suma importancia, y que va más allá de los individuos y su estado de ánimo o de su autocomprensión. Las sociedades desarrolladas y que llamamos civilizadas, no voy a entrar ahora en el viejo tema de cultura y civilización, tomo civilización en un sentido neutro, como dato que se refleja en los países económicamente más prósperos. Digo, esas civilizaciones, esos estados, esos países están cruzados por una serie de sistemas representativos en los que los ciudadanos delegan su poder. Es la herencia griega de la democracia y suele ser descrita como el modelo más acabado de convivencia social en el que, previa garantía de libertad individual, el estado pone las normas adecuadas para que el conjunto de los habitantes de dicho estado funcione. Pues bien, no es tampoco ningún secreto, que la democracia languidece, o se resquebraja en algunas de sus piezas claves. No voy a decir que está en crisis, primero porque es una tontería decir esto, uno cuando no tiene nada que decir dice que está en crisis; por otra parte estar en crisis no esta mal, ya que un organismo vivo está en crisis constantemente. Yo creo que es algo pero, y es que la participación ciudadana cada vez es menor, y las alternativas políticas desaparecen convirtiéndose la lucha política en un monopartidismo de dos laderas; yo se que es un poco fuerte decir esto a veces, pero lo que está ocurriendo es que hay un solo partido, no solo en España o en Francia, sino en prácticamente en todas las democracias occidentales u orientales. Es decir, hasta qué punto se está sustancialmente en una sola concepción del mundo, y en ese sentido puede haber alternancias pero no alternativas que, evidentemente, no es lo mismo.

Yo esto creo que es algo fundamental, sobre lo cual además me gustaría después discutir o, por lo menos, decir una palabra más. Y por otro lado, el capital internacional es tan poderoso que muchas veces reduce a los estados a meros comparsas; es lo que, como dirían los alemanes, con un superconcepto suele entenderse por globalización. Bueno he dado hasta aquí un cuadro breve que intenta desde mi perspectiva, reflejar un desconcierto al que me refería al principio. No dudo, no dudo que poseemos muchos que no es, en modo alguno, desdeñable. Pero la labor del filósofo moral, al menos la del filósofo moral y sin convertirse en un Geremías, consiste en señalar sin piedad los hechos, los hechos que ve, y compararlos con un ideal de vida que nunca ha de perderse de nuestra mirada. Es de esta perspectiva desde donde he intentado dibujar, brevemente, rápidamente pero creo que objetivamente, la situación actual, la situación de nuestros días.

Ahora bien, paso al segundo punto, porque conviene dar un paso más, y es que lo anterior convendría concretarlo. ¿En qué sentido?, mostrando de manera más directa las amenazas que se anuncian o las bondades que se acercan. ¿Cómo estamos entrando en el futuro?, decía un poeta que entramos en el futuro siempre de espaldas, bueno démonos la vuelta y tratemos de ver qué es aquello que se nos ofrece como posible bien y como posible mal. O dicho en estos términos: conviene poner ante nuestros ojos los cambios más espectaculares que empiezan a tocarnos y que, repito, bien pueden convertirse en fuente de felicidad o por el contrario en aumento de desgracias, de resignación y de derrota. Para ello he seleccionado, como os decía al principio, tres retos o desafíos que a mi parecer van a condicionar el milenio. Es todo un tema por sí mismo, la simbolización del milenio, pero, ciertamente no es el caso de que entre ahora en él; pero, es un milenio ciertamente que estamos inaugurando. Pues bien, en primer lugar voy a fijarme en algo que he insinuado ya, el resquebrajamiento de estado clásico y que se hace manifiesto tanto en el resquebrajamiento del derecho internacional, en cuanto a regulador de los estados, como en la revitalización de los nacionalismos. Es verdad que el derecho internacional siempre estuvo en precario a causa de la rigidez de los estados nación, pero hoy su crisis, su real crisis, se hace más y más patente. En realidad dicho de hecho sirve para poco, y se ve superado allí en donde los problemas, interestatales especialmente, se agudizan: sea en Bosnia, en Etiopía o en Hong Khong. Y en lo que atañe a los nacionalismos, es una actitud cómoda deshacerse de ellos o minimizar su sustancia, y así dar la explicación fácil y según la cual, estaríamos ante un renacimiento trival, ante la ley ancestral o frente a ese oscuro objeto de deseos que no logramos controlar. Las cosas, pienso yo, son más complicadas y más ambiguas. Es cierto que nuestros deseos pueden ser incontrolados, o que la voz de lo hatábico y primitivo suena a veces con fuerza y, desgraciadamente, muchas veces eso son los nacionalismos. Pero, pero, el núcleo de problema, repito, es quizá más profundo, y el problema es que el estado que hemos heredado se ha quedado corto; que la unidad de naciones, comenzado por Europa, se hace necesaria; y que en fin y por otro lado, deberíamos sumarnos todos internacionalmente pero, al mismo tiempo, respetando el colorido comunal de las diferentes agrupaciones humanas; que también esto, a veces, es lo que pide el nacionalismo. Y toda una disputa hay al respecto que, convendría muchas veces introducirse en ella, a ver si los nubarrones que tenemos vienen en función de las actuaciones más inmediatas y más perversas. Yo creo que en este sentido estamos ante una crisis, en un sentido hablando de crisis que no sea el tópico como dije antes, y que puede saldarse positiva o negativamente. Y es que en esta primera concreción del desconcierto, se nos muestra un reto o un desafío en el milenio que, resuelto positivamente nos aproximaría a todos sin suprimir, al mismo tiempo, la diversidad; pero que, si se resuelve mal, nos hará volver a algo mucho pero que las luchas trivales, esas guerras actuales que destruyen más que lo que nuestros antepasados pudieron imaginar, al no tener nosotros los ritos o ceremonias pacíficas que ellos poseyeron y que nosotros hemos abandonado en nuestra hipertrofia cultural. Como suele decir un colega, filósofo de la ciencia: "somos quizá en este momento menos agresivos, pero mucho más violentos". A mí me parece que esta es la primera concreción: cómo podemos unirnos a un cosmopolitismo o universalismo muchos más pleno y lleno, o como podemos acabar destrozándonos todos. Insisto que es la primera concreción de esa tijera que se abre hacia lo mejor o hacia lo peor.

Voy a pasar a la segunda. Se trata del conocido tema o hecho de las nuevas tecnologías informáticas, como alguien ha escrito en metáfora afortunada. "nos hemos convertido en criaturas del aire, en medio de una telépolis o ciudad de hilos, en las que se ha trocado nuestro planeta". Y hay quien afirma que en esa nueva ciudad con hilos, tan ciudad que hay un arquitecto, Michael, que precisamente ha construido, de una manera imaginativa y muy ideal, lo que se llama el "espacio tres"; que sería un espacio completamente cibernético y por encima de lo que sería el planeta o la tierra en un sentido más directo y material. Y digo que hay quien afirma que en esta ciudad con hilos, lo que va ha habitar es un humano al que en nombre que mejor le cuadra es el de ciberántropo. Bueno, hemos creado, yo creo que, efectivamente, es así; un nuevo mundo: más virtual, pero no por ello menos eficaz. Todo lo cual, está transformado no sólo las relaciones personales, sino las sociopolíticas también. En buen parte, todo es de todos, es decir, hay un espacio común, tan común que algunos con una ingenuidad suprema, como es el escritor Cohelo, acaba de decir, me dejó muy sorprendido, que "internet acabará con el capitalismo"; me parece que es un poco exagerado, y en ese sentido cualquier punto del espacio podría ser relevante, es decir, cualquier punto del espacio podría ser el centro en esta telépolis. Por cierto y entre paréntesis, dentro de poco no dominar internet o que se escape el ratón será semejante a la marginación que tenía el biletrado hace un siglo. Por no hablar de la desaparición que puede tener lugar aquella cultura del libro que, según Humberto Eco, a caracterizado durante siglos anuestra sociedad. Y ya que he citado a Eco, dos frases, no se si son dos perlas, de él pero tienen su interés respecto a internet. De entrada dice que "internet es una biblioteca desordenada" y en otra ocasión ha dicho, y yo creo que con más razón, "a más información de internet, menos cultura"; por lo menos habría que atender estas frases, cierro el paréntesis.

En cualquier caso y una vez más, estaríamos ante un reto o desafío del milenio, y es que de nuevo, como la diosa Jano, se nos muestran dos caras: por un lado la liberadora, por otro una, no sólo no liberadora, sino que podría ser opresora. Y es que, según la buena, podríamos estar hoy informados constantemente y por ejemplo, votar sin tener que delegar también continuamente nuestros deseos en unos representantes que se alejan de la voluntad ciudadana a más velocidad que algunas estrellas. (Yo espero que Julián me perdone esto). Así obtendríamos de verdad la necesaria horizontalidad en las relaciones democráticas, y una democracia directa que de todo su sello de autenticidad a la voluntad y a la soberanía populares. De nuevo el desconcierto se concreta en esa tijera que, por un lado mira al cielo y por otro al infierno, y es que el infierno mira a lo expuesto si lo que va a suceder es el entontecimiento y dominio sobre la mayoría, o de la mayoría, en manos de aquellos gurus poderosos que acabarían diseñando, como el mundo de Orwell, lo que debemos de consumir teórica y prácticamente.

Pero paso a la tercera concreción, y esta que voy a decir ahora es para mí la más interesante y la más fascinante, es en lo que estoy trabajando más últimamente, en lo que he escrito más, y me parece más el tema por excelencia. Vamos, si tuviera que dejar esta tarde un mensaje, un recado, un consejo de amigo, sería esto que voy a decir ahora: el tema de las nuevas biotecnologías, los temas verdaderamente que nos van a absorber y nos van a condicionar en el futuro más inmediato. Se trata, vuelvo a repetir, de las nuevas biotecnologías, por primera vez la ingeniería genética, la clonación, terapéutica o total, y un largo etcétera que engloba a lo que se ha dado en llamar biocracia, están produciendo una revolución muy especial. Y es que en esta ocasión no sólo transformamos los objetos, sino que nos podríamos estar, o nos estamos ya transformado a nosotros mismos. Hemos entrado en nuestra tripas, no es cuestión ya de que estemos manipulando los objetos, estamos reconstruyéndonos, recreándonos, de ahí que aparezca una nueva disciplina, dentro de mi campo, que se llama gen-ética, ética de los genes. Fijaos que los mitos o ficciones de Frankenstein, o el tan bonito judío del Golen, se alían o se podrían hacer pronto realidad. De ahí que se esté hablando ya, y de una manera efectiva, de hombres a la carta, de jugar a dioses, de Santo Grial, y de un montón de expresiones más que revelan, como por ejemplo: la secuenciación del genoma humano, nada digamos de animales o plantas; la terapia génica, que iría directamente a los genes, más allá de los fármacos externos; una clonación reproductiva o asexuada, etc, etc; abre un mundo inédito ante nosotros. Un mundo inédito que, no sólo cambiaría la medicina o la industria farmacéutica, o el lenguaje; dentro de poco quién no domine ya qué quiere decir genómica, procreática, reprogenética, etc., va a quedarse también "out". Pero bueno, digo que no sólo, como insinuaba antes, se está cambiando la biomedicina sino, cosa mucho más importante, se puede cambiar y se empieza a cambiar nuestro mismo ser y nuestra propia autocomprensión como sujetos. Lo digo porque podemos tener un individuo clonado, con el corazón de cerdo, que es probablemente el más semejante al nuestro; con una pierna inteligente y un montón de cuestiones más que están haciendo un mundo en donde puede perderse la identidad individual, puede ganarse en autonomía, pero ciertamente comenzamos a ser intercambiables y moldeables por nosotros mismos. Por poner algún ejemplo entre mil y que no tienen ya nada de ficción, podríamos tomar el citoplasma de una vaca o de un cerdo, quitarle en núcleo, y colocar en un vaciado núcleo la carga genética, por clonación de, por ejemplo, una mujer. ¿Cuál sería el resultado?, es de suponer que un humano que pose algo de vaca o de cerdo. Recuérdese que en el citoplasma también hay algo de carga genética, que está contenida en las mitocondrias. Súmese a lo anterior que el neonato podría tener tres o cuatro madres: la madre genética que aporta su núcleo; la madre que aporta el útero, para el proceso embrionario; y añadamos también la madre social, que lo cuidaría. O fijémonos, dando un salto, en un actual caso de la clonación, la clonación puede ser reproductiva, es decir, total (de Javier puede salir un Javierito), o terapéutica, simplemente aplicada una parte del organismo. En la reproductiva, como he dicho, en una célula cualquiera somática, y diferenciada, ya está hecha, de Javier; podría generarse un Javier igual desde el punto de vista genético. Hasta el momento y desde la clonación de Dolly, son bastante más de trescientos mamíferos los clonados; y en lo que hace la clonación humana, casi todas las legislaciones del mundo la prohiben, sin duda; pero si la técnica se perfecciona, y según el padre de la oveja Dolly hay un 4% técnicamente hablando de probabilidades, después ha dicho un 10%, ahora se dice un 74% de que no nacerían, es decir, que varían las cifras y por lo tanto técnicamente, como ocurrió también con la fecundación in vitro, pues de momento esto sería dificultoso; sin embargo, sin embargo, si alguien se decidiera ha hacerlo, difícilmente sería evitable. Más aún algún escéntrico se ha puesto ya a disposición, y otros menos escéntricos, y buenos, muy buenos genetistas que además han sido los que, por otra parte, han hecho reproducción asistida de manera muy espectacular y muy eficiente como son Davos y Andonovi; estos ya han dicho que están dispuestos también ha hacerlo, ha hacer clonación total. Algún loco también se ha dispuesto al asunto, incluso hay un leyenda que algunos dicen que tiene más de realidad que de leyenda, y según la cual la clonación habría tenido lugar ya. Eso es la clonación total.

En la terapéutica podríamos tener tejidos, incluso órganos de repuesto si creáramos embriones de cuyas células madres subdiferenciadas o precursoras, deriváramos después líneas celulares que mantendríamos como banco genético, y así tendríamos a mano corazones, riñones, hígados, etc., de repuesto. No es extraño que algún atrevido biólogo hable de que podemos llegar a vivir muy sanos casi doscientos años, y otros menos prudentes, no en vano es un filósofo, Harrys; hablan claramente de inmortalidad. Como se ve, el vértigo comienza a dominarnos y tal vértigo no se conjura con exclamaciones, gritos de terror o apelación a una moral que no sea explícita. Para rechazar, en el caso que haya que rechazarlo, lo que acabo de exponer, es necesario razonar en términos estrictamente argumentativos: las emociones, los sentimientos o la tradición no son argumentos suficientes. Pero es que además lo que he expuesto puede, por encima de todo, dar no pocos bienes a la humanidad, no olvidemos que el sacrificio por el sacrificio tendría que sernos ajeno. Nuestra meta, como decía Aristóteles, es la felicidad, la felicidad humana que se consigue en buena parte de forma interna, con el talento y el temperamento; pero al mismo tiempo con bienes materiales externos. De nuevo, por tanto, estamos ante un extraordinario y milenario desafío que de bifurca en grandes posibles bienes y grandes posibles males. Bienes en cuanto a que dominaríamos más las enfermedades genéticas y multifactoriales, regeneraríamos nuestros cuerpos y, al mismo tiempo, es posible que alargáramos mucho mas la vida de los humanos; desde luego no que alcanzáramos la inmortalidad como quería Harrys, que pedantemente es uno de los que lo ha dicho. Pero los males, como es obvio y todo el mundo puede adivinar también acechan, pesemos desde un punto de vista externo, en la pésima distribución de los recursos, no olvidemos que el 90% de los recursos médicos satisfacen sólo al 10% de la humanidad. Y los ejemplos concretos de injusticia podrían multiplicarse, como decía la prestigiosa revista Sajans que tituló "en busca de la fibrosis quística", que solo afecta a los blancos y sobre lo cual se ha gastado un montón de millones; mientras que las enfermedades infecciosas, el paludismo por ejemplo, tiene quinientos millones, o la malaria, o la tuberculosis siguen machacando, destruyendo y minando a la gente pobre. Aparte de esto, hay que tener en cuenta las modificaciones incorrectas que podríamos hacer en nosotros mismos, hay un biólogo americano, Silver, que con una pizca de provocación y otra de pedagogía, dice que estaríamos ya en condiciones de hacer seres humanos de cuatro categorías distintas, por clonación, es decir, primera, segunda, tercera y cuarta división; nada digamos si hablara de los alimentos, de la ecología o de otra serie de transformaciones genéticas que nos harían que la lista pudiera ampliarse enormemente. A mi me parece que esta es la situación, este es el tercero de los grandes retos y desafíos, y repito que lo que acabo de exponer es el más inédito y el más extraordinario, más aún: estoy convencido de que el 80% de los problemas morales que nos va ha ofrecer el milenio que estrenamos, proceden de la biología molecular, la genética y la bioética, la bioética en cuanto que te matiza estos problemas; más aún, yo sigo pensando que no somos conscientes de lo que está sucediendo, de que en este campo estamos todavía muy dentro del sensacionalismo, que reaccionamos de una manera muy primaria, que no nos enteramos suficientemente, que hay una mala pedagogía, que debíamos de ser muchísimo más cautos, más abiertos a entender y más dispuestos a saber que es lo que puede suceder. Pero por ahí van los tiros; que es una cuestión básica, que se avanza a una velocidad extraordinaria y que va a tener unas repercusiones muy superiores a cualquier otro tipo de cuestiones: a llegar a la luna, a Marte, a Júpiter, a Neptuno o a donde sea. Bueno, hasta aquí la segunda parte, he concretado muy brevemente, muy rápidamente, en falshes, los tres puntos o aspectos que se nos abren en el milenio que estrenamos.

Es hora ya de que pase al tercer punto, a valorar lo que he expuesto y a proponer, si cabe tímidamente, algo que nos ayudara a colocarnos en la mejor de las situaciones posibles. Como indiqué al principio el asunto no está solo en señalar y denunciar, eso es una primera parte; sino también en recordar que el bien, personal y común, es la finalidad máxima de la existencia humana. En este sentido, en la primera parte, he hecho una descripción general de nuestro estado de incertidumbre, de una especie de perplejidad sin salida. En la segunda he concretado más tal situación escogiendo tres ejemplos que me parecen especialmente significativos y relevantes. Ahora bien, sobre todo en esta segunda parte, se habrá notado que no me he limitado a la mera descripción, que he insinuado ya una determinada valoración, que he querido mostrar cómo se posan en el horizonte ciertos bienes y como los rodean también nubarrones de males, o deberes, mejor dicho prohibiciones, o aquello que nunca deberíamos transgredir. Es el momento de dar un paso más en el que comprometo más mi juicio u opinión personal, y decidí hacerlo, claro está, desde mi ámbito profesional, mi gremio y espero que también sea mi vocación que es la filosofía moral; con su siempre complementación de lo político. En lo que sigue, precisamente, voy a dar respuesta, o intentar dar respuesta, o insinuar, a esos interrogantes que se abren y desde el núcleo este a desarrollar de la moral y del milenio. Y para ello voy a exponerlo en cuatro puntos, cuatro puntos que, como he indicado, quieren ser cuasi propuestas, sugerencias o ideales en vistas de este milenio que comienza. El primero, y como corresponde a mi actividad, tiene que ver con la moral en cuanto tal, moral o ética las voy a utilizar como sinónimos en la academia en una visión más sofisticada, habría que distinguirlas, pero aquí voy a tomarlas como, intuitivamente, lo que entendemos por moral o ética. Losotros, por supuesto, también tendrán que ver con la moral, pero este tiene que ver de una manera más directa, más precisa. Yo ya sé que se suele hablar de moral de modo retórico o, por si cabe, como si se tratara de algo subjetivo, emotivo o sin trascendencia alguna. No es así, la moral es una conquista histórica que hemos realizado los hombres y las mujeres en común. Más aún, yo creo que tal vez sea el logro humano por excelencia, y es que en la moral nos convertimos en artistas de nosotros mismos, en creadores de nuestras personas, de la singularidad que somos. Luis, Bernabé, Javier, somos, no por los genes, no por la herencia, no por haber tomado más o menos el sol, sino que somos nosotros en función del poder que tenemos de construirnos como somos. Yo creo que, en ese sentido, valga la expresión que utilizó también Aristóteles: "la moral tiene algo de divino". Y así, la moral, si se entiende así, es base o fundamento de cualquier política que no se convierta en mera gestión o en dominio de unos pocos. Ahora bien, es una característica terrible, en cierto modo desgraciada, de los seres humanos y que se hace patente en las sociedades plurales, pluralistas, y multiculturales que nos debatimos entre teorías morales distintas, no sólo códigos morales distintos. Yo estoy seguro que si en estos momento hiciéramos una cala en la sala respecto a dos problemas típicos: la eutanasia y el aborto, habría quince o veinte posturas distintas, y todos tenemos prácticamente la misma educación. Pero el asunto no es eso, sino que a la hora de justificarlo, lo justificaríamos probablemente apoyándonos en teorías morales distintas. Y así por ejemplo, dos grandes argumentaciones o justificaciones: serían la que se llama utilitarista, esta trata de justificar sus juicios en términos utilitarios, es decir, fijándose en las consecuencias de las acciones. Otros por el contrario, son los llamados deontologistas, los que sacaban siempre los principios, y piensan que al margen de las consecuencias que pueda tener cualquier acción, hay que estar siempre en función de los principios. Yo personalmente tiendo más, aunque creo que hay que acudir a las dos, a lo segundo. Soy, en este sentido, más neocantiano, por decirlo así. Pues bien, en nuestra era milenaria y al margen de otra serie de consideraciones, en este periodo cruzado de retos y de desafíos descomunales, alguno de los cuales hemos visto, yo lo que si creo es que lo que tenemos que tener es una ética fuerte, una ética fuerte. Es más yo creo que una de las desgracias de la postmodernidad ha sido precisamente haber hecho que seamos unos sujetos sumamente débiles, que se los lleva el viento con mucha facilidad. Ahora, ¿qué es lo que quiero decir exactamente cuando hablo de una ética fuerte?. Por supuesto no me estoy refiriendo a algún tipo de ética celestial o teológica, en modo alguno. La ética es autónoma y se basta a sí misma. Por otro lado, en una sociedad laica y secular nos movemos, y con todo el respeto que hay que tener a quien sea creyente y tenga una ética teológica, no es ese el caso de la ética en cuanto tal. Cuando hablo de la ética fuerte miro, por tanto, hacia una ética construida por los humanos que defienda, realmente, los derechos humanos. Esos derechos tantas veces proclamados y tan pocas veces realizados, como suele recordar Norberto Bofio. Y tal ética solo es posible si nos consideramos todos, uno más en el conjunto de los humanos; o lo que es lo mismo, si nadie usa a otro como medio o instrumento; o lo que es lo mismo, si tenemos entre todos relaciones recíprocas, internas, si nos relacionamos por ser seres, hombres o mujeres, y no por tener más o menos poder; no nos intercambiamos como mercancías totalmente mercantilizados y en mero contrato. O lo que es lo mismo, si junto a la libertad de cada individuo colocamos la obligación de ayudar a quien sea que esté ahí, a cualquiera que sea, a cualquiera que lo necesite. Lo cual implica la justa distribución de los bienes que poseamos. No es lo dicho prédica alguna, al menos no quiere serlo. Es más bien el núcleo de la mejor conciencia humana, que es la conciencia moral y la que da la felicidad. Y es, además, la única moral que nos posibilita entrar en el milenio con buen pie, sin recurrir a las ficciones de los nuevos movimientos religiosos, un tema también por sí mismo, o atados de pies y manos al primer político que vocifere más. Es, en fin, la moral apta para enfrentarse a las nuevas tecnologías y hacer que estas, se trate del proyecto Apolo o el proyecto genoma humano, valgan para todos.

Se me preguntará inmediatamente si soy capaz de poner cascabel al gato, es decir, si vislumbro dicha moral, mi respuesta es esta: antes de nada, como pura afirmación, creo que es la moral necesaria para que las espadas se conviertan en cañas, o las espinas en flores. Y en cuanto a si detecto algún movimiento por donde corra una savia con la moral requerida, sólo diré lo siguiente: Ciertos jóvenes, grupos sociales críticos, una voz aún sin esplicitar, en buena parte esparcida por toda la sociedad, y algunos intelectuales si que apuestan por dicha moral. Bueno la palabra intelectual, me da una cierta vergüenza, yo la estoy tomando en términos parecidos a los que las utilizaba Txonsky, es decir, aquellas personas que tienen una cierta influencia en la sociedad, podrían ser profesores como podrían ser empresarios. Hay un colega mío de filosofía que tiene un diccionario de filosofía, y a mí siempre me hace mucha gracia, siempre que hablo de intelectuales me acuerdo de él, porque en la voz que dice intelectual pone: léase imbécil, bueno yo a tanto no llego. Y esto yo creo que si hay estas apuestas, se trata de una esperanza, una pequeña luz, un destello que no habría que apagar. Se trataría de semillas, indicios a lo mejor, que debemos escuchar, con toda prudencia y cautela, que naturalmente es algo que siempre tiene que acompañarnos como la sombra al cuerpo. Y una nota adicional sobre la moral: la mejor introducción a la moral es la amistad. La amistad también es un tema por sí mismo, en cualquier caso y como indicó bien uno de los fundadores de la moral, "en la amistad uno encuentra en el otro el espejo necesario para saber quién es, el reposo constante, la voz propia que se combina con la del otro y el afecto que lleva de verdad a los sentimientos morales". Si de algo debemos quejarnos en nuestros días es de la dificultad para tener amigos. Un amigo, decía Emerson, "es alguien frente al cual se piensa en voz alta". A mí me parece grandioso esto. Pues bien, si no podemos hacerlo, o cuando no podemos hacerlo, estamos atados. Cerca unos de otros, pero opturados a la hora de crecer moralmente y de gozar en compañía mutua.

Paso al segundo punto. La moral se alimenta, como es obvio, de una determinada cultura. La moral está empapada por la cultura. Sé muy bien que la palabra cultura ha sido y es, una palabra muy mal tratada, hay un libro de un colega que se llama Gustavo Bueno, que se llama "El mito de la cultura", y dice cosas interesantes, a veces un poco raras pero que convendría tener en cuenta lo mal que haces utilizamos la palabra cultura. Y es que se llama cultura a cualquier cosa: cultura de la cerveza, de la violencia, ministerio de cultura... da igual, ¡todo vale como cultura!. Aquí la voy a tomar, como he dicho anteriormente, no tanto en cuanto produce objetos, podía ser la pintura, la música e incluso el pensamiento; sino como cultivo interno o interior, subjetivo. Este último significado proviene precisamente de Ciferón, y esta tomado del latín Codo, cultivo del campo. La palabra cultura, curiosamente, es muy reciente. En el diccionario de los ilustrados, de hace dos siglos, la palabra cultura casi no tiene referencia, y cuando se habla de ella, se habla de la agricultura. Por tanto la cultura actualmente nos parece fundamental y lo es, al menos en este sentido en que la estoy tomando yo ahora: como formación sobre nosotros mismos. Pues bien, yo creo que podemos tener una cultura, o mantenernos en una cultura llena de miedo, incapaz de mirar hacia delante; o por el contrario, desarrollar una cultura más rebelde, de transformación y de crecimiento. Ultimamente, y muy especialmente en la siempre provocativa Francia, se ha comenzado a proponer una cultura del individuo edonista. Yo no sé hasta que punto se trata de palabras o del marketing típicamente francés, yo pienso más bien que lo que necesitamos es una cultura en movimiento, dispuesta a aprender de los hechos, a tener olfato y a posibilitar de verdad la vida moral tal y como la venía describiendo. Y esto, por cierto, deberíamos contemplarlo, aprovecho la ocasión, a la luz de la construcción de Europa. Yo creo que se está construyendo Europa con los viejos estados y por el tejado, con dinero y con el ejército. Cuando lo que necesitamos, antes de nada, es una Europa de cultura radicalmente democrática. Decía el filósofo Gálamer, que por cierto ha cumplido ya cien años, que Europa solo se hará en una gran conversación. Efectivamente, sin excluir a nadie, incluido el alternativo y distinto, pero eso sí, evitando todo tipo de violencia. Como dice el gran médico Heart: "de todo hablemos, hagamos de todo, pero eliminemos siempre la violencia que es hipertrofia cultural humana". Todo lo cual remite a una educación y a una pedagogía bien distintas de las que tenemos, empezando por la universidad. Ahora bien, una vez más el cascabel al gato, ¿se ve la aurora de tal cultura por algún sitio?. Yo no la veo fácilmente, mucho menos aun que la moral. Nos está tragando el Gran Hermano y, no es un chiste fácil, dan ganas a veces de tirar la toalla, de reconocer sin más que, finalmente, nos aproximamos a una falta de ideología total, al conformismo consumista, a la democracia plana, sin aristas, sin gracia, sin gusto y sin misterio. En cualquier caso, hay pequeñas capas de la sociedad que se mueven o que, por lo menos, presagian alguna expresión de libertad. Lo creo, en cualquier caso, necesario porque no sucumbiremos a una muerte a una muerte traumática, pero sí a mucho de tedio y de aburrimiento.

El tercer punto está relacionado con lo político, es decir, con la exigencia de armonizar, en grupo social, nuestras necesidades. Un error básico en del liberalismo metafísico, no sé si prolongado en el neoliberalismo actual, consiste en concebir a cada ser humano como una isla autosuficiente, un pequeño Dios teórico que después se puede morir prácticamente de hambre. Ahora bien, lo político es probable que esté a punto de cambiar en el milenio que se acerca. Y que esté a punto de cambiar, antes de nada, en lo que se refiere a las relaciones externas en los distintos estados. Es probable y desde luego par mí deseable, que las fronteras entre los estados vayan perdiendo rigidez, y que nos aproximemos a una organización universal sin soberanías absolutas parciales. El filósofo Kant soñó con ese ideal y tribunales penales como el de Roma, torpedeado entre otros por China y Estados Unidos, son pequeños pasos en esa dirección. Lo político tendría que ser la real institucionalización de los derechos humanos, de los derechos civiles, sociales y económicos. Decía antes que en vez de hablar tanto de ellos, habría que realizarlos en cualquier parte del mundo, de Cuba a Pekín pasando por E.E.U.U., Arabia, Guinea Ecuatorial o España. Después que cada zona, entorno o parte del mundo tenga su color comunitario, sus costumbres y hasta sus manías. Es obvio que existen obstáculos hacia el deseado avance hacia un planeta intercultural y cosmopolita. Un obstáculo fundamental es el dinero que se acumula en algunos de los estados del mundo, en este sentido me parece un poco absurdo considerar que se aglutinen en el mismo concepto de estado Guinea Ecuatorial y E.E.U.U., antes citados. Y aunque no hay por mi parte un rechazo ascético o necio hacia el dinero, me gustaría recordar que ya desde la antigüedad el Dios oriental Mamón no se presentó precisamente como un mediador entre los hombres, el intercambio simbólico que es el dinero, que es maravilloso como intercambio simbólico y que junto con el intercambio del lenguaje son lo dos grandes símbolos que tenemos desde hace poco en esta civilización; digo nos aplasta cuando, en aprendices de brujos, se convierte en un fetiche divinizado. Pero esto nos lleva a lo político en su sentido interno, es decir, en lo que nos toca a nosotros en cada estado, en este caso en España; mirando a cada uno de los países que pueblan el mundo en el cual uno está inserto. Se prevee una transformación hacia esa justicia milenaria en países como los nuestros, ya en cada uno de nosotros. Algunos, entre los que yo me encuentro, señalan que tanta formación positiva sólo es posible si se consigue, en verdad, que los ciudadanos sean ciudadanos, y la gestión administrativa de las instituciones, una gestión correcta, limpia y no exenta de impunidad. Por mi parte, y mirando al milenio, con las espectativas propias de quien no ha dimitido de un mundo con ideales, creo que es necesario que los individuos en cuanto a ciudadanos sean más resistentes y la democracia radicalmente democrática. El peligro de nuestros días consiste, y no es ninguna contradicción, en tener democracia sin demócratas; algo que parece imposible pero que, sin embargo, puede ser y muchas veces es, una realidad. Pues bien, resistir ante los autoengaños, la fatalidad, la delegación tanto del propio poder y todo lo que corroe la vida democrática, es fundamental. Después de la ola postmoderna tendríamos que recuperar el concepto ilustrado de autonomía y proyectarlo al milenio. Desde ahí no hay que tener miedo a la democracia, nos lleve esta hasta donde pueda ser consumada y recordemos que la democracia es cambio, movimiento, autocrítica y hasta cuestionamiento de ella misma, siempre para ser más democrática. ¿A dónde podríamos mirar para encontrar tal camino democrático? Tal vez se trate, por ahora, de movimientos subterráneos, de quejas que tal vez quisieran encontrar la palabra adecuada, o de actos todavía minoritarios pero algunos importantes, como por ejemplo la pérdida de impunidad de los dictadores, la limitación de la omnipotencia de los estados o, a veces, protestas inesperadas. Todo esto dibuja una meta, en el fondo es la meta de siempre: que lo político, como continuidad de lo moral, nos ayude a ser felices, a vivir mejor, pero a vivir mejor todos. Además vivimos ya en la gran ciudad, vivimos en conjunto, vivimos en la polis, el mundo se ha convertido ya en una gran ciudad.

Es momento ya de pasar al último y cuarto proposición, nivel o sugerencia. Y en este punto voy a fijarme en una, tal vez, olvidada obviedad. Me voy a fijar en que, en suma, todo de apoya en cada uno de nosotros. Si antes he criticado el individualismo metafísico que, parece, han transplantado al modelo social egoista; ahora me gustaría recuperar a los individuos. Hablé antes de resistencia, de resistencia ante el conjunto de males que nos impiden crecer, y en este punto convendría desarrollar tal resistencia recordando, una vez más, la responsabilidad que en cuanto a sujetos morales tenemos cada uno de nosotros. Cuando hablo de responsabilidad, no hablo de sacrificio, la responsabilidad es compatible, incluso, con un edonismo sano. Aunque el término edonismo está ya marcado tan negativamente que quizás es irrecuperable. En cualquier caso, responsabilidad de los individuos o autonomía moral consiste en renegar de nuestros actos, convirtiéndonos así en protagonistas de una construcción general en la que cada uno aporta su parte. El gran Borges dejó escrita esta frase lapidaria: "la moral es una ilusión". A mí me gustaría añadir que debe ser una ilusión si por ilusión se entiende una visión amplia, y hasta utópica, en la libertad con la que estamos dotados. Habría que desmentir a Borges si por ilusión se entiende lo que suele comprender el lenguaje común, engaño. No tiene porque ser engaño todo. Precisamente la dignidad propia de las personas se basa, en buena parte, en su capacidad para modificar verdaderamente las cosas y, antes de nada, a nosotros mismos. En caso contrario, seremos autómatas o meros espectadores en un escenario impuesto. El milenio que llega, por tanto, tendría que despertar en nosotros un cierto sentido por lo inédito, por lo que está por hacer. En mi último libro "El hombre espiritual", y perdón por la pedantería de la autocita, me refería a un aspecto que hoy lo veo casi perdido y que me parece importante recuperar, es el siguiente: el respeto por el misterio, la admiración ante lo desconocido. Pues bien, en analogía con esta postura, pienso que deberíamos retomar la frase de Agustín, aquella que decía: "vuelve dentro de ti, ahí esta la verdad" y transformarla en esta otra: "volvamos a nosotros mismos y, desde ahí, tomemos fuerza para crear un mundo nuevo, el mundo del milenio que llega". Contra tanto profeta que se cumple a sí mismo, contra tanto vendedor de futuros ya hechos, conviene que recuperemos el sentido hondo de nuestra libertad. Y desde ahí podemos mantener la espectativa ante el nuevo milenio y crear un mundo multicolor, una vida en común, sin manchar o tachar las diferencias. Una sociedad satisfecha por justa, y una humanidad con ciencia pero con arte y con mucha conciencia. Esto sería, sin ninguna pedantería, un mundo en nuestras manos. Esta sería la buena cara del milenio y, en algún sentido, yo creo que es el mandato que tenemos aunque solo sea por el simple hecho de ser hombres o mujeres.

Muchas gracias.